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Sentimos la necesidad natural de categorizar al prójimo, en un ejercicio de positivismo y racionalización social que nos ayude a situarnos a nosotros mismos en relación a la mayoría, y así convencernos de que somos mejores. O que no entramos en ningún molde predefinido, lo que probablemente significa que usted tiene la mentalidad de un adolescente de 15 años…

El Ideólogo de Derechas

El pecado original de todo profesor de universidad es  declarar ante todo un grupo de adolescentes, intelectualmente mermados por incontables ediciones de Gran Hermano y Aquí Hay Tomate, que no hay ideas estúpidas y que no deberían poner reparos en dar su opinión sobre un tema. Los adolescentes obedecen a los mismos mecanismos sociales que una manada de hienas y se ven atraídos de forma automática hacia el líder, que no suele ser el más brillante, culto o esforzado, sino el más “desacomplejado”, es decir el que mejor consigue emitir un juicio sin hacer uso de su razón. Vamos, el que grita más fuerte y tiene las ideas más simples, ideas que no requieran ningún tipo de actividad encefálica, más allá de algunas funciones cognitivas básicas: funcionan por pequeños impulsos y reacciones automatizadas a estímulos externos, lo que les convierte, científicamente hablando, en zombies.

El estudiante ideólogo de derechas, generalmente un pijo de mierda, con su dominio elemental de la oratoria DIY, su ropa adaptada al discurso y su arrebatadora sonrisa Colgate, se eleva pues como candidato ideal para capitanear su pequeño gran grupo de endebles marionetas no-pensantes hacia un supuesto futuro mejor, porque piensa que está capacitado para ello. Todo porque algún genio dijo eso de “no hay preguntas estúpidas ni ideas tontas”. Es como cuando Pierre de Coubertin dijo aquello de “lo importante no es ganar, sino participar”, expresión empleada hoy en día para dar ánimos a aquellos niños gorditos, asmáticos o condenados al trágico confort de una silla de ruedas que son elegidos en último lugar a la hora de formar equipo en el recreo. Es algo que dices para no herir los sentimientos de nadie, pero eres perfectamente consciente de que estás protegiendo al débil e interfiriendo en el proceso de selección natural. Y de paso, jodiendo los designios del Señor y su diseño inteligente.


Y si algo nos ha enseñado Indiana Jones es que no conviene joder al Señor.

El estudiante ideólogo tiene el don de la sinceridad: dice lo que piensa. Pero aun así no nos cae bien. Posiblemente porque por muy sincero que seas, una gilipollez seguirá siendo una gilipollez. Hitler nunca escondió que les judíos le daban mal rollito y eso no le convierte en buena persona (a menos que pienses que American History X va de un traidor a la causa aria que acaba recibiendo su merecido). Al ideólogo lo pasa algo similar: tiene unas ideas abyectas y no le molesta en absoluto reconocerlo porque, como dice a menudo, “no tengo complejos de ningún tipo”, que podemos traducir vagamente por “Descartes era un imbécil, su Método una estupidez…y la ¿Razón? La Razón es un excelente periódico.” Por supuesto, es incapaz de razonar sus posiciones ideológicas porque eso, en su caso, suele ser hereditario. Y porque el motivo por el cual está contigo, estudiando políticas, es que en algún momento le echaron de ESADE o del IQS por comerse los mocos con extremo entusiasmo y porque sus mocos sabían a cocaína. Dado que no tenía nota para entrar en ADE por la pública, ahí lo tienes, haciendo discursos clasistas y sexistas sin fundamento teórico alguno y ampliamente basados en lo que dice su padre, que es empresario/médico/abogado y sabe mucho de política.


Casi tanto como Antonio Jiménez sabe de periodismo.

Por desgracia, existen ideas estúpidas – son una condición de la existencia de las buenas ideas, mucho más escasas. De hecho, hay grupos de prensa, autores, “académicos” y radiofonistas totalmente dedicados a producir memeces con el fin de cubrir la infinita demanda en conceptos sencillos que opten por la clásica dicotomía blanco/negro o por la polémica barata. La gente ha asimilado de tal forma que ir en contra del pensamiento imperante es de intelectuales y vanguardistas, que cualquier gilipollez resulta válida, aunque vaya en contra del sentido común. Ser considerado un intelectual es un excelente remedio contra el cortafuegos de la lógica y, mientras no hagas demasiadas faltas de ortografía y escribas más o menos bien, tu público beberá tus palabras y te tomará en serio. Por ejemplo, decir que el Tercer Reich era de izquierdas porque en nacional-socialista hay la palabra “socialista”, y a partir de aquí deducir que el partido socialista catalán, al ser “nacionalista” y “socialista”, es un partido nazi, se considera una muestra de ingenio y profundidad. Al decir eso, el ideólogo de derechas queda como un rebelde y los rebeldes atraen. A James Dean le bastó con matarse al volante a los 24 años para convertirse en un icono popular y eso que, aunque el comité de trasplantes de órganos de California estuvo encantado, acabar con el volante hundido en la caja torácica no tiene nada de rebelde, sino que roza más bien lo trágicamente cómico. Decir salvajadas que no te crees ni tú es como estampar tu coche a 200 km/h contra un muro de acero: la gente no lo entenderá, pero por alguna razón les parecerá una idea genial y harán de ti un símbolo de la resistencia contra [inserte institución, concepto o persona objetivo].


“¡QUE OS JODAN, LEYES DE LA FISICA!”

El ideólogo consigue que la gente piense “olé tus huevos, debes tener argumentos de hierro para decir esas cosas, me asombra tu inteligencia”, de ahí la popularidad de esa clase de personaje. Como es obvio que no puedo competir con las acrobacias mentales de esta gente, lo dejaremos aquí. Tarados.

Dice ser: alguien que se preocupa por lo que de verdad importa, como la victoria española en el Mundial de Fútbol, y no por una tontería de referéndum independentista.

Desea secretamente: que le publiquen sus artículos en algún periódico serio, como la Gaceta.

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El Cínico

El cínico es el sol de tu vida, aquella persona cuyos oscuros comentarios sobre el día a día de la especie humana te hacen sonreír a pesar de ser, en su mayoría, observaciones apologistas del darwinismo social y la eugenesia negativa. El simple hecho de reírte te convierte en una mala persona, y lo sabes. Pero lo toleras porque hay algo en el tono del cínico que te resulta entretenido y porque, en el fondo, estás muerto por dentro. Y además eres consciente de ello, pero no te importa – porque, como ya hemos dicho, eres una mala persona. Esa es la magia del cínico, a través de sus mordaces comentarios, incluso el hambre, las epidemias y la guerra étnica pueden resultar divertidas, y sin que por ello tengas que sentirte culpable.


“Y entonces, Ariel dijo que no aguantaba más y se voló la tapa de los sesos de pura desesperación…me reí durante media hora, ése Ariel…¡todo un clásico!”

Pero no nos engañemos. El cínico, como todo artista, precisa de una musa. Y esa musa eres tú, ser humano anónimo. Hay pocas cosas que la humanidad sepa hacer mejor que putear a sus semejantes, en una larga y tristemente inventiva e ingeniosa lista de formas posibles. La gran mayoría de la grandes evoluciones políticas, tecnológicas y sociales originaron algún que otro ejemplo de esa estupidez crónica que nos viene persiguiendo como especie desde tiempos inmemoriales. Por ejemplo, en sus inicios, Internet tenía más que ver con misiles balísticos que con millones de hombres buscando sexo virtual.


Aunque, según Freud, viene a ser lo mismo.

Gracias a Internet, precisamente, el cínico usa ese poder suyo para escribir en blogs chorras como éste, porque, aunque la reacción madura y adulta sería llorar por nuestra pobre humanidad, el cínico no es ni maduro ni adulto. Por suerte, tú tampoco, ser humano anónimo. Y sí, es una suerte, porque de no ser por nuestra capacidad de reírnos de las miserias de los otros, no podríamos progressar como sociedad. De hecho, la única razón por la cual no nos hemos extinguido es porque, precisamente, aunque se nos da muy bien matar cosas, también somos muy buenos a la hora de reconstruir nuestras vidas sobre las humeantes ruinas de la civilización, con una gran sonrisa – lo llaman “esperanza” -, para luego destruirlas de nuevo, añadiendo pequeñas mejoras a medida que avanzamos.


Según nuestros cálculos, el futuro está a dos guerras mundiales, trece pogromos, doscienteos noventa y dos casos de corrupción urbanística y un caso de fraude electoral masivo.

Así pues, el cínico observa a la humanidad, dándose golpes de cabeza contra una pared de forma regular, consternado ante sus semejantes, siempre convencidos de que “esta guerra será la última” o que “nunca más seremos esclavos de nadie”. En definitiva, el cínico es tu amigo, es quien te muestra como eres, humano anónimo. Es una cáscara vacía dotada de ingenio, pero es TU cáscara vacía.


Dice ser: un observador estoico de la gilipollez ajena

Desea secretamente: volver al sufragio censitario

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El Modernillo

El Modernillo, también conocido como gafapasta, bohemio o, simplemente, imbécil con dinero es ese personaje con sombrero, barba de tres días, pañuelo andrajoso (pero de diseño) al cuello y peinado al estilo “me-acabo-de-levantar-de-la-cama”, que va por la vida sintiendo asco por la sociedad de consumo y el capitalismo. En el fondo, ignora que, con apenas 25 años, dicha sociedad se lo ha dado todo y más, porque su papá trabaja en las finanzas y su mamá dirige una escuela de negocios privada en Paseo de Gracia. Es el xenotipo de politólogo más numeroso, porque “estudio políticas y tal…” siempre queda más moderno y guay que “estudio mecánica de fluidos, ¿has visto mi inhalador?”.

El modernillo es siempre una persona joven, ya sea por edad, ya sea porque sufre de un caso más o menos grave de síndrome de Peter Pan. Esos dos motivos no son excluyentes: de hecho, uno suele llevar al otro, por necesidad. Cuando tu vida revuelve entorno a la “industria del ocio” (es un trabajo), tienes que aparentar juventud. Si te descuidas, alguien podría descubrir que eres una persona adulta de 45 años y que no vales para enseñar surf a los chavales, o acostarte con las chavalas. Aparentemente, acostarte con tu monitor “mola”, pero acostarte con tu padre, o alguien que podría serlo, es “cutre” y, según nos informan nuestros consejeros en moral pública, “polémico”. Ser joven es pues esencial si el modernillo no quiere acabar engrosando las colas del INEM cuando en la entrevista de trabajo le pidan experiencia laboral. Y no, el surf y la promoción de fiestas estudiantiles no cuentan como experiencia laboral. A menos que tu futuro jefe sea un adolescente de 16 años, algo que no suele pasar, a menos que tu futuro jefe sea un personaje de manga.

Además de joven, el modernillo es un personaje etéreo e intelectualoïde. Es muy importante para él ser percibido como una especie de ser que ha trascendido la materia, seguramente en un intento de burlar el paso del tiempo y la vejez. Dice que lee a Dostoïevsky y Joyce por placer y en versión original (algo científicamente imposible), escucha a Paco Ibáñez por la calidad de su música y por su ritmo (a pesar de que toda su discrografía quepa en dos o tres acordes de guitarra) y, en ARCO, se extasia ante una barra de metal oxidado y torcido, con pintura roja para simular sangre, puesto a la vertical sobre una peana, con una inscripción que reza “‘Consumerism’, por Terence KM, precio de compra: 30.000 euros”. Parece sobrevolar la vida montado en un manto de ligereza, flotando en el vacío, extraño a la fuerza de la gravedad social, pero atraído por ella en su momento final, asteroïde de despropósitos destinado a estrellarse contra algún cuerpo celeste (preferiblemente, una estrella ardiente). Ese desapego a la sociedad, a la que tanto critica por su superficialidad y sus exigencias, es el origen de esa magia, de sus ganas de “vivir”, de ese aura radiante que tanto nos motiva a la hora de partirles la cara. Oh, sí.

 

Dice ser: demasiado guay y moderno para ser tu amigo

Desea secretamente: hallar la fuente de la eterna juventud (y, presumiblemente, bebérsela con vodka y redbull en un cóctel llamado “Kafka Sunrise”)

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El Artista

El Artista tiene mucho que ver con el modernillo y el multicultural, sólo que no tiene dinero y se comporta como si se pudiera vivir de las creaciones artísticas. Es un estudiante de Bellas Artes que se equivocó de carrera y decidió que quería viajar antes de integrarse en la vida profesional. Aunque inicialmente estaba forrado, ahora está pelado, ya que cualquier padre responsable le habrá desheredado y borrado del libro de família en el momento en que tuvieron la siguiente conversación: “Papá, mamá, me voy de tournée por Europa y América Latina con mi troupe de comediantes burlescos” – “Espera, ¿cómo?” – “Nos dedicaremos a simular violaciones entre hermanos en los barrios bajos de las principales ciudades de los países que visitaremos, en un viaje en furgoneta con cinco chicas y tres chicos adictos a las drogas duras y al sexo sin protección. Quiero expresar lo que siento. Vuelvo en cinco años.”

Por supuesto, renuncia a su teléfono móvil, su ropa de persona normal, su botella de champú (osea, la aventura, ¿saes?) y su peine. Todas esas cosas ocuparían espacio en su maleta, espacio que necessita para meter sus bolas de malabarista, sus ocho pañuelos palestinos de colores chillones y su cerebro, ya que, aunque no lo use demasiado, siempre va bien tenerlo a mano, ya sabes, por si algún día el mundo real viene llamando a su puerta/pedazo de tela separador. Eso sí, se lleva el ordenador portátil extra-fino de Apple, porque necessita Facebook para que el mundo descubra su brillantez artística gracias a las fotos tomadas con el último grito en materia de cámaras digitales de Canon y retocadas con Photoshop 8.0. Que es cómo si Van Gogh usara seda importada en vez de lienzo para pintar sus obras. Sólo que Van Gogh era un maestro del posimpresionismo, mientras que el artista es un niñato que cree seriamente que por empapelar una farola con cartulinas rosas en signo de protesta le llamarán visionario.

El artista, también llamado “hipster barato” en ciertas culturas (la tuya y la mía, espero) es la versión moderna del hippie: se encuentran en lugares insólitos, como en el medio del desierto, para quemar cosas, bailar entorno a una hoguera, aullarle a la luna y esculpir figuras improbables con barro y purpurina. Por supuesto, son todos hijos de la burguesía acaudalada, ya que para tener preocupaciones artísticas hace falta tener dinero y la seguridad de que, al volver a casa, podrán lavarse, peinarse, vestirse de Ralph Lauren y encontrar un trabajo de verdad. Unos pocos pasan sus últimos días vendiendo collares y pulseras de conchas hechos a mano en alguna playa de Ibiza, refugiándose en una casa sin agua corriente ni electricidad, escenario dantesco de una severa degradación psico-emocional, traducida en lo que parece ser un caso grave de síndrome de Diógenes. A los ojos de nuestro artista, toda esa porquería es, sin embargo, su última obra, que busca expresar su angustia y su sensibilidad creativa violada por algun evento cósmico, como la caída de una hoja de árbol en posición perpendicular al sol. Pues eso, una mente maravillosa.

 

Dice ser: la mente más creativa del campus

Desea secretamente: caerse en la madriguera y seguir al conejo blanco hasta el País de las Maravillas (donde, por suerte, todo indica que será decapitado por la Reina de Corazones)

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El Apolítico

Hay gente con contradicciones. Luego hay contradicciones con apariencia humana, como por ejemplo el estudiante de políticas apolítico, objeto de una violenta e inconsciente cisma interna. Desgarrador como pocos, el susodicho personaje suele decir que no cree en la política, que los líderes electos son todos unos chorizos, y que Jiménez Losantos es una fuente de información fiable y seria.

El apolítico es un descontento por naturaleza, una de esas entrañables personas que nos provocan, a la mayoría, unas fuertes ganas de cerrar cristianamente nuestras manos alrededor de sus cenizos cuellos en un intento de salvar sus almas y librarlas del terrenal tormento. Que es una forma bonita de decir que sentimos la necesidad antropológica de purgar el cuerpo social de elementos poco participativos cuya aportación global es cero patatero. Sí, ha quedado muy nazi, pero alguien tenía que decirlo y, de todas formas, os recuerdo que nuestro Ello no entiende de democracias ni Estados de derecho. Lo que no logramos entender nos produce miedo y el miedo despierta en nosotros una serie de pulsiones destructivas como mecanismo de autodefensa. Y lo cierto es que al apolítico que estudia políticas no le entiende nadie, ni siquiera Rosa Díez, que tan bien entiende a los españoles. Pero como somos así de simpáticos, le haremos un favor y le psicoanalizaremos.

La lógica del apolítico es similar a la del estudiante de empresariales que cree que la mejor forma de crear riqueza es colectivizando la economía. No vamos a negar que, matemáticamente, si matas de hambre a 15 millones de personas, el PIB/habitante aumenta (eso niños, se llama “teoría malthusiana”), pero como sistema de prosperidad resulta un poco bestia (eufemismo). El apolítico parte de un razonamiento similar, es decir, que la mejor forma de hacer buenas políticas es instaurando un régimen sin papanatas, con ciudadanos de bien y gente honrada y preparada, para llevar al país por una senda virtuosa que sirva al interés general. Y a eso, en el Armario de César Borgia, nos hace recordar con cariño tiempos mejores en los que la gente no iba a votar. Véis como el apolítico merece todo vuestro amor?

Dice ser: un ciudadano responsable e indignado

Desea secretamente: poder salir del armario y decirle a la gente que admira a Sarah Palin, que votaría al gran inconfesable y que César Vidal y Pío Moa son historiadores serios.

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El Multicultural

Todos hemos tenido el inmenso placer de encontrarnos con un multicultural en algún momento de nuestras vidas. Especialmente aquellos que hemos sido juzgados merecedores de ser enviados en alguna universidad tercermundista para “disfrutar” de un “maravilloso” año de intercambio con gente con la que no tenemos nada en común (no me importa que comerse las larvas hervidas por la nariz sea una bella tradición con siglos de antigüedad, a mis ojos de europeo es, y seguirá siendo, una guarrada). El multicultural es la típica persona que siente la “llamada del camino” y la necesidad de “descubrirse a sí mismo”. Si, sé que estoy haciendo un uso abusivo de las comillas, pero es porque creo necesario resaltar la idiotez de la terminología.

 

Cuando alguien pronuncie esas palabras sagradas, que parecen las de una secta hippie, no os dejéis engañar: os halláis en presencia de un multicultural. El siguiente paso depende de vosotros. En el Armario de César Borgia tenemos por costumbre rociarles la cara con agentes disolventes, pero recordad que una ligera paliza puede bastar. Depende de las ganas de cada uno, oye.

 

Veréis, el multicultural es a la cultura hippie lo que la música emo es al death metal, es decir, una versión pija y moña de algo ya de por sí bastante insoportable. El multicultural emprende “el camino” en avión y, a poder ser, en compañías tipo Air France o Singapore Airlines, porque, claro está, en otras compañías con menos caché tienen que hacer escala y no disponen de agua Evian en cabina (y, osea, por ahí no pasan, saes?). Llegado el momento de “descubrirse a sí mismos”, lo hacen en un apartamento de 60 metros cuadrados totalmente amueblado por Ikea, van al restaurante diariamente (cocina occidental a poder ser), beben vino europeo importado y “viajan” por el país con otros multiculturales que comparten su pasión por descubrir cosas nuevas (si no habéis captado la ironía es probable que seáis uno de ellos).

 

Enfin, no sé vosotros, pero cuando yo voy a algún país colista en la lista del IDH, me sorprende e impacta la pobreza, la incompetencia del gobierno de turno o la aparente inexistencia del concepto de higiene. Pero el multicultural sólo ve “gente sonriente y humana, con ganas de vivir”. Cuando vuelve a su tierra, ha cambiado. Desprecia a sus compatriotas porque a sus ojos no saben divertirse, son gente gris y se pasan el día trabajando, a diferencia de los nativos de su país de intercambio, que se pasaban el día celebrando la vida. El hecho que los nativos en cuestión estuviesen todos en el paro y sobreviviendo a base de ayudas internacionales (léase occidentales) es, por supuestísimo, pasado por alto.

 

Dice ser: un espíritu libre

Desea secretamente: ser Virrey de las Españas (y, en culturas menos grandilocuentes, simple gobernador colonial)

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El Populista


Sin duda uno de mis preferidos. El populista está por todas partes. Asiste a todos los cócteles de la universidad, va a todas las fiestas de los alumnos, está presente en todas las conferencias y, además, conoce a tu madre, quién suele decir de él que “es un chico/a muy formal”. Además, es amigo personal de todos los profesores de tu campus y en ocasiones juega con ellos al golf, mientras comentan juntos importantísimos asuntos de política internacional, con alguna que otra sesión de clamorosa adulación – “vaya professor xxx, es un punto de vista que no me había planteado, tenga por seguro que lo incluiré en el próximo trabajo para su asignatura…y por cierto, excelente swing”.

El populista adora los baños de masas. Se le reconoce fácilmente por ese detalle. Cuando entra en una sala de clase, parece un maldito presidente centro-americano. Irá inmediatamente a los afortunados sentados en primera fila para darles la mano, una palmada en la espalda, dedicarles una sonrisa y preguntarles como están (la sonrisa y el tono simpático vienen de serie). Luego saludará a los de las filas posteriores en plan infanta de las Españas, para luego sentarse en el medio del anfiteatro, pues le gusta sentirse cercano a todos. El populista no entiende de clases, de dinero, ni ideologías. Sencillamente es colega con todo el mundo. Te prestará sus apuntes de economía, será tu compañero de borrachera y hasta se ofrecerá para enjabonarte el cuerpo mientras te bañas. El populista te ayudará siempre que se lo pidas, con una gran sonrisa en la cara, aunque probablemente no sepa como demonios te llamas.

Porque si algo define al populista, es su incapacidad para acordarse de los nombres. Razón por la cual llama a todo el mundo “amigo”, “compañero” y, de forma menos habitual, “ciudadano”. Puede que toda su personalidad venga definida por esa incapacidad de hacer memoria y la necesidad moderna de quedar bien. Llegados a este punto, podríamos parafrasear a Shakespeare cuando dijo que la vida es una teatro en el que debemos contentar al público, dejando al populista como personaje trágico con toques existencialistas. Pero entonces acabaríamos compadeciéndonos de él/ella y todo este proceso de satirización no tendría ningún sentido. No, el populista es generalmente un capullo y el máximo exponente del arte de las apariencias. Por eso muchos no saben si odiarlo o amarlo. En el Armario de César Borgia le odiamos, porque resulta más fácil parodiar a la gente que te provoca sarpullidos y sinceras ganas de prenderle fuego.

Dice ser: tu amigo

Desea secretamente: ser el próximo Hugo Chávez, pero en guapo

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