Archivo mensual: abril 2012

Ni El País ni El Mundo, la verdad en boca de los niños

Os presento a Lucía.

Lucía es una niña adorable, de ojos traviesos y sonrisa imperfecta en espera de ortodoncia. Hasta ahí nada que resaltar. El programa de la Sexta le pregunta que quiere ser de mayor, a lo que Lucía da una respuesta predecible.

Lucía quiere ser veterinaria, porque todavía no sabe que eso consiste principalmente en introducir el brazo hasta el codo en el recto de un animal, extraer contenidos y proceder a su minucioso examen. Y luego explicar a tus amigos que el quid de tu jornada laboral reside esencialmente en manipular excrementos, castrar perros y anunciar a la pequeña Susie que Pastel, su conejito blanco, no sobrevivió al camión de cemento que le pasó por encima.


“Pastel era un nombre…uh,… adecuado.”

Hasta aquí nada raro. Si quisiera ser gestora de bases de datos cabría preocuparse, pero veterinaria parece un carrera bastante inocua (de nuevo, si no tenemos en cuenta toda la caca).

Segundo, Lucía quiere “destruir el colegio con una bomba de destrucción”, y eso es posiblemente la forma de terrorismo más adorable de la que tengamos constancia. Desde luego, funciona mucho mejor de cara al público que aparecer por la tele luciendo como el engendro bastardo del abuelo Patxi y un miembro del Klan.


Marketing, maldita sea ETA, ¡MARKETING!

La mayoría de niños detestan la escuela, no vamos a entrar en el debate. Sencillamente es así. Ayudaría que las escuelas no tuvieran barrotes, pero mientras sigan pareciendo penitenciaros para gente pequeña, seguirán siendo odiados símbolos de opresión adulta. Todos los niños sueñan con escaparse de la escuela, con vengarse de sus profesores escribiendo insultos en los pupitres, con falsificar las notas o con liderar una revuelta desde dentro. Paso a paso, mediante pequeñas acciones, hasta una liberación final que, tristemente, solo llegará a aquellos que se plieguen a la dictadura del sistema y acepten jugar según sus reglas.

A poder ser, cantando, bailando y observando estrictas cuotas de representación racial.

Pero Lucía sabe que son débiles, porque la guerra no entiende de moderaciones y porque una liberación que te regalan tus opresores sabe a derrota. Lucía sabe que eso no bastará y que es necesario pensar fuera de la caja. Es consciente, a la gran diferencia del resto de los de su casta, que la lucha no violenta contra la opresión es de moñas. Y Lucía no es moña, es mona. Lucía sabe que los símbolos en los que nadie cree solo duran hasta que alguien los vuela por los aires. Lucía sabe que la mejor forma de pensar fuera de la caja, es destruyendo la caja.


Las cajas de cartón alegóricas son para que los indigentes ideológicos se refugien en ellas.

Básicamente, a sus 6 años, Lucía entiende que para plantear un nuevo paradigma es necesario invalidar el paradigma anterior. Si Lucía fuese presidenta del gobierno, dejaría caer las cajas de ahorros, un par de bancos, se cargaría el mercado inmobiliario y empezaría de cero con un nuevo modelo productivo. Y luego destruiría su escuela con una bomba de destrucción, porque es importante cumplir con las promesas electorales. Por desgracia, no nos gobierna una niña de 6 años que lidera revoluciones, sino un grupo de cincuentones inflexibles que planea reformas.

Y qué cojones, a veces hasta las lleva a cabo.

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