ETA cierra por la crisis y la AVT insiste en un rescate del gobierno

ETA se acabó, ha cerrado el negocio de forma definitiva. Algunos dicen que es porque Bildu tiene representación política y ha entendido que se pueden conseguir cosas sin necesidad de ponerse bravo con la vecina. Otros afirman que ha sido gracias a la labor de los cuerpos de seguridad del Estado, quienes, a pesar de todo, se han mostrado más que preocupados ante el futuro de su noble profesión. Y es que, entre que ETA ya no está y que no les dejan cargar contra los indignados, se están quedando sin candidatos a recibir porra, y eso les deprime. Sin embargo, la auténtica razón de la renuncia de ETA es mucho menos elevada. En declaraciones al Armario de César Borgia, uno de los economistas de la banda admitió que todo fue por una sucia cuestión de dineros. “Subió el Euríbor y ya no podíamos pagar la hipoteca de los pisos francos y los zulos… y bueno, ya ves tú qué cutrez de movimiento de liberación si nos viéramos obligados a organizar la lucha armada desde un Starbucks.”


“Aunque confieso que la idea de frapuccinos-bomba era deliciosamente malvada.”

“Así que nada” continuó, “nos reunimos para hablarlo con Hoztaizka, Argoitz y Bitxito, y decidimos que teníamos cambiar de modelo empresarial para encontrar salida en el nuevo marco económico.” Dicho y hecho, de sucios y odiados gudaris pasarán a ser sucios y odiados políticos separatistas, a los que el público español respeta un poquito más que los primeros (aunque sin pasarse, que siguen siendo el némesis de la Nasión).

Toda España duerme tranquila, porque ya podemos ir a hacer las compras sin que nos explote el carrito. ¿Toda? ¡No! Algunos patriotas recalcitrantes e inmaduros que todavía se niegan a aceptar que ETA no existe y que son los padres. Los muy pillos eran conscientes de que, en cuanto se les acabasen los etarras se les habría acabado el chollo y los regalos a su carrera política. En el fondo, Aznar ya lo sabía, pero no quería quitarle la ilusión a Mayor Oreja, un niño grande para quien llega la Navidad cada vez que en los informativos hablan de los vascos y sus cosas. Especialmente cuando se produce algún atentado grave de esos.


Como por ejemplo el último disco de Alex Ubago.

Luego están las víctimas y los familiares de las víctimas. Bueno, más que las víctimas están las asociaciones de víctimas. Bueno, no todas, sólo las que son muy amigas del PP. Es un tema difícil de tratar desde el humor y la ironía porque, bueno, son víctimas del terrorismo. Le hacen a uno sentirse sucio y culpable por haber tenido la osadía de sobrevivir todos estos años sin tener la deferencia de perder a un amigo, familiar o extremidad útil. Las asociaciones de víctimas son como los discapacitados, los ciegos o los sordomudos: por alguna razón, cuando entran en una habitación llena de gente, todo el mundo baja la voz y contiene unas irrefrenables ganas de ponerse a aplaudir. Asumimos que son tan puros e inocentes como un bebé foca recién salido del vientre de su madre, que por alguna razón contenía una mezcla de leche y miel en vez de líquido amniótico. Cada línea de este artículo nos ha costado sangre, sudor y lágrimas de dolor, porque es práctica y físicamente imposible criticarlos.


“¿Oísteis lo que dijo la AVT el otro d…– ¡OH, QUÉ RICURA!”

La razón por la cual asumimos tal cosa sin razón aparente es que, si indagáramos un poco y descubriéramos que entre las víctimas hay maltratadores, policías corruptos o simplemente gente que se aprovecha de la muerte de parientes para hacer carrera en política, posiblemente no tendríamos las mismas ganas de compadecernos de ellos. Y eso nos haría entrar en un bucle de contradicciones que nos llevaría a hablar mal de un colectivo arropado por la sociedad y alzado a la categoría de parangón de integridad de Occidente. Es una tarea ingrata que nadie quiere hacer, porque la honestidad que motiva dicho acto suele verse recompensada con una dosis letal de ostracismo, así como por un grupo de señoras jubiladas, acampadas de forma permanente frente a la entrada de tu casa con banderas de España y que te gritan cosas como “sinvergüenza” y “fuera, fuera” cada vez que cruzas el umbral.


Señoras que están allí, bajo la lluvia. Esperando.

Por ese cúmulo de razones, generalmente preferimos pensar que las víctimas del terrorismo son nada menos que la reserva moral de la nación y que están libres de toda mácula. De todas formas, en nuestro ibérico reino, eso del “espíritu crítico” y la “valentía política” es como el pan en la España de Franco: sólo se puede conseguir mediante cartilla de racionamiento. Cuando las asociaciones de víctimas se oponen a que se firme la paz con ETA y exigen que se mantengan las medidas de excepción, todavía no ha nacido el guapo que les diga que no se puede someter a todo un colectivo a presión policial y política sólo porque ellos se estén atravesando una fase de negación de la realidad basada en los delirios mediáticos de unos caballeros que no tienen dónde caerse muertos.


“¿Dijeron que no a la puesta en cuarentena de Vascongadas? Bueno, habrá que pensar en otra cosa…”

Lo diremos como lo diría Ned Flanders, puede que así no nos linchen al salir del coche con la compra: en el Armarito de César Borgia creemos en la libertad de expresioncita y, por lo tanto, pensamos sinceramente que cualquier organizacioncita que se posicione en política siendo inmune a las critiquillas es un peligrito real y un riesguito para nuestra democracita. Algunas asociaciones de víctimas se han dedicado a influenciar la política anti-terrorista española sin que nadie pueda llevarles la contraria, a pesar de contar con el apoyo explícito de ciertas agrupaciones,–*tos*partidopopular*tos*upyd*tos*. Además, en algún momento dejaron de defender sólo a las víctimas y empezaron a defender a España. Y luego se declararon contrarios a los nacionalismos periféricos, y no sólo a los que emplean la violencia, sino a todos, incluido el gobierno, porque quiere lo mismo que quieren todos ellos, es decir, romper España. Hay que ver lo mucho que aguanta, la condenada.


A más de uno le vendría bien que se rompiera un poquito.

Eso ya no son asociaciones de víctimas, son lobbies ultraconservadores al servicio de intereses políticos, capitaneados por gente que ha asimilado erróneamente los intereses de las víctimas a los intereses del país, del Estado y del resto de la ciudadanía. Gente que usa su posición de campeones de la dignidad para atacar personas e instituciones que nunca han tenido nada que ver con ETA o la violencia, y de paso criminalizar a sectores enteros de la población por pensar distinto. Deberíamos ser capaces de decir abiertamente que son unos majaderos y que se vayan un poquito a la mierda. Pero no lo haremos, no sea caso que nos acusen de hacer apología del terrorismo o algo así.

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