La paradoja del manifestante

Lo diremos para que quede claro: en el Armario de César somos unos vagos, porque es lo que se lleva en España en estos momentos. Bueno, es lo que siempre se ha llevado, pero parece que ahora, con todo eso de la crisis y el fin del mundo, ser vago es, más que nunca, motivo de orgullo. Antes eras sólo un vago más, pero ahora puedes ir por ahí diciendo que si no trabajas es porque los bancos y la avaricia corporativa te han obligado a acampar indefinidamente en la calle bajo el dulce solecito. Vago es lo que vuestros hijos quieren ser de mayores. Vago es trending topic. Vago es el nuevo David contra Goliat. Y eso nos convierte en un país de auténticos héroes. Si no podemos vencer al capitalismo desde el sofá de casa, pondremos el sofá en la calle. Pero a Dios ponemos por testigo que de allí no nos moverán.


“WE. SHALL. NOT. BE. MOVED!”

Por esa razón hemos pasado olímpicamente de escribir un artículo sobre el 15-M, porque eso requería un esfuerzo mayor y una opinión informada. Hasta ahora. Seguimos sin tener una opinión informada pero, tras tantos lunes al sol, ocurrencias cómicas nos sobran. Supongo que acabará por salirnos algo mínimamente decente y dotado de sentido. Y por si acaso, hemos contratado a un becario, que también está de moda.


“¿Publicar con tú nombre? ¡Muy buena becario! Anda, dame eso y tráeme un café.”

Pero claro, no todos tienen a un pobre ser humano a su servicio en búsqueda de un futuro mejor. Y ese es el principal problema de querer hacer la revolución desde el sofá, cerveza en mano y la boca llena de cheetos. Una cosa es ir lanzando al aire mensajes ingeniosos aunque inconexos, y la otra construir un discurso coherente. La finalidad de lo primero es generar ruido y, por qué negarlo, agitación hormonal en el sexo opuesto. Es el equivalente civilizado de darse golpes en el pecho, y está a medio camino entre la masturbación intelectual y el típico comportamiento de gilipollas de bar que tanto apreciamos. Pero construir un discurso coherente a escala nacional es difícil y requiere trabajo, compromiso y cierto sacrificio personal. Y nosotros, por así decirlo, pasamos tío. Pero los del 15-M deberían planteárselo ya, si no corre uno el riesgo de quedarse atrapado en un simbolismo lacónico y cutre, que queda muy bien en los stickers de la mochila, pero que no lleva a ninguna parte.


“¡Tengo un sueño!…abajo el capitalismo…Catalunya is not Spain…la sanidad es de todos…Yankees go home…Negociación con ETA en mi nombre no…y tal y cual… ¿Sabes?”

Por ejemplo, tomad el elemento distintivo del movimiento de indignados. La careta de Guy Fawkes. La usan en todas partes, ya sea en Europa o del otro lado del Atlántico, porque Africa y Asia no cuentan a efectos de todas partes. Cada vez que vemos un amable ciudadano con dicha careta por la calle pidiendo una revolución social y una democracia real, nos entran ganas de hacer lo que hacen los británicos cada 5 de noviembre, es decir, quemar a Guy Fawkes. Una cosa es que Alan Moore se tomara algunas libertades con V de Vendetta y “revisitara” la historia de Fawkes para dar vida al personaje de V, quien, sea dicho de paso, tiene más de anti-héroe que de héroe. Otra muy distinta es que la gente reivindique la figura de Fawkes para derrocar al sistema y restaurar la justicia social, en base a los hechos contados en una película más bien malilla. El Guy Fawkes de verdad no luchó contra ningún gobierno opresor (de acuerdo con los estándares de no-opresión de principios del siglo XVII). De hecho, Inglaterra era de los países con más libertades de la época. Guy Fawkes, en cambio, era un fundamentalista católico disgustado con el anglicanismo y la moderación religiosa del rey Jaime I. Sí, estamos hablando de un hombre que pensaba que las autoridades religiosas de la inmediatez post-medieval eran demasiado blandas. Y un buen día, decidió provocar un cambio de gobierno.

Volando el parlamento por los aires. Así, tal cual.


Sus inmortalizados rasgos faciales generan la misma confianza y sensación de bienestar que un pederasta paseándose por el vecindario con un carrito de helados.

Lo que tenemos es lo siguiente. Primero, un hombre dispuesto a matar a un montón de gente para conseguir un objetivo que tiene de democrático lo que Jorge Javier Vázquez de Caballero Legionario. Segundo, un montón de gente dispuesta a creerse que, en realidad, dicho ser defendía valores que, dados su época y emplazamiento geográfico, sólo habrían sido posibles gracias a una máquina del tiempo. Y tercero, una serie de empresas dispuestas a explotar la credulidad de las masas para hacer el negocio del siglo vendiendo artículos de merchandising sobre el personaje en cuestión. ¿Os resulta familiar?


“¡Hasta la democracia real siempre!”

Exacto, Guy Fawkes es el nuevo Che Guevara.

Como ocurre a menudo con los adoradores de ídolos comerciales, nunca es posible saber si van en serio o si simplemente llevan la camiseta por que les queda guay. Esta confusión nos lleva al punto en que ya no sabemos muy bien con quién demonios tenemos el insigne honor de tratar. El indignado es difícil de categorizar. Esto genera un problema complejo para la resolución del cual tenemos que echar mano de los extensos conocimientos de física que nos brindan el bachillerato de letras y una licenciatura en ciencias políticas. En el fondo es un simple paradoja, que nombraremos “el Manifestante de Schrödinger”. El manifestante, encerrado dentro de un movimiento más bien opaco, podría ser un demócrata incomprendido o un pequeño dictador, pero no lo sabremos hasta que el movimiento en cuestión provoque un cambio de gobierno. Hasta la llegada de tal fecha, no podemos hacer otra cosa que no sea asumir que el manifestante es a la vez un defensor de la democracia y un autócrata absolutista. La derecha conservadora, tradicionalmente más reticente a modificar las condiciones iniciales del experimento, ha barajado la posibilidad de meterlos a todos dentro de una cámara de gas letal que se activa aleatoriamente y ver qué pasa. Por fortuna, no todos somos unos sádicos.


“Podría ser un sádico y podría no serlo. No lo sabremos con certeza hasta que no me presentes a tu gato.”

De ahí que nadie entienda de qué va el 15-M. Es a la vez una fuente de esperanza y un motivo de creciente preocupación. El movimiento no tiene mensajes claros, sino que consiste en un popurrí ideológico que sólo presenta cierta coherencia una vez asumidas su naturaleza paradójica y la participación elementos de mecánica cuántica. Y la verdad, no se nos dan nada bien las ciencias y preferimos echar una siestecita. Ellos no hacen un esfuerzo en explicarse. Y nosotros tampoco haremos uno para entenderles. Porque somos unos vagos.

Hale, ya hemos rizado el rizo. Nos ha salido bien y todo.

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