Archivo mensual: octubre 2011

ETA cierra por la crisis y la AVT insiste en un rescate del gobierno

ETA se acabó, ha cerrado el negocio de forma definitiva. Algunos dicen que es porque Bildu tiene representación política y ha entendido que se pueden conseguir cosas sin necesidad de ponerse bravo con la vecina. Otros afirman que ha sido gracias a la labor de los cuerpos de seguridad del Estado, quienes, a pesar de todo, se han mostrado más que preocupados ante el futuro de su noble profesión. Y es que, entre que ETA ya no está y que no les dejan cargar contra los indignados, se están quedando sin candidatos a recibir porra, y eso les deprime. Sin embargo, la auténtica razón de la renuncia de ETA es mucho menos elevada. En declaraciones al Armario de César Borgia, uno de los economistas de la banda admitió que todo fue por una sucia cuestión de dineros. “Subió el Euríbor y ya no podíamos pagar la hipoteca de los pisos francos y los zulos… y bueno, ya ves tú qué cutrez de movimiento de liberación si nos viéramos obligados a organizar la lucha armada desde un Starbucks.”


“Aunque confieso que la idea de frapuccinos-bomba era deliciosamente malvada.”

“Así que nada” continuó, “nos reunimos para hablarlo con Hoztaizka, Argoitz y Bitxito, y decidimos que teníamos cambiar de modelo empresarial para encontrar salida en el nuevo marco económico.” Dicho y hecho, de sucios y odiados gudaris pasarán a ser sucios y odiados políticos separatistas, a los que el público español respeta un poquito más que los primeros (aunque sin pasarse, que siguen siendo el némesis de la Nasión).

Toda España duerme tranquila, porque ya podemos ir a hacer las compras sin que nos explote el carrito. ¿Toda? ¡No! Algunos patriotas recalcitrantes e inmaduros que todavía se niegan a aceptar que ETA no existe y que son los padres. Los muy pillos eran conscientes de que, en cuanto se les acabasen los etarras se les habría acabado el chollo y los regalos a su carrera política. En el fondo, Aznar ya lo sabía, pero no quería quitarle la ilusión a Mayor Oreja, un niño grande para quien llega la Navidad cada vez que en los informativos hablan de los vascos y sus cosas. Especialmente cuando se produce algún atentado grave de esos.


Como por ejemplo el último disco de Alex Ubago.

Luego están las víctimas y los familiares de las víctimas. Bueno, más que las víctimas están las asociaciones de víctimas. Bueno, no todas, sólo las que son muy amigas del PP. Es un tema difícil de tratar desde el humor y la ironía porque, bueno, son víctimas del terrorismo. Le hacen a uno sentirse sucio y culpable por haber tenido la osadía de sobrevivir todos estos años sin tener la deferencia de perder a un amigo, familiar o extremidad útil. Las asociaciones de víctimas son como los discapacitados, los ciegos o los sordomudos: por alguna razón, cuando entran en una habitación llena de gente, todo el mundo baja la voz y contiene unas irrefrenables ganas de ponerse a aplaudir. Asumimos que son tan puros e inocentes como un bebé foca recién salido del vientre de su madre, que por alguna razón contenía una mezcla de leche y miel en vez de líquido amniótico. Cada línea de este artículo nos ha costado sangre, sudor y lágrimas de dolor, porque es práctica y físicamente imposible criticarlos.


“¿Oísteis lo que dijo la AVT el otro d…– ¡OH, QUÉ RICURA!”

La razón por la cual asumimos tal cosa sin razón aparente es que, si indagáramos un poco y descubriéramos que entre las víctimas hay maltratadores, policías corruptos o simplemente gente que se aprovecha de la muerte de parientes para hacer carrera en política, posiblemente no tendríamos las mismas ganas de compadecernos de ellos. Y eso nos haría entrar en un bucle de contradicciones que nos llevaría a hablar mal de un colectivo arropado por la sociedad y alzado a la categoría de parangón de integridad de Occidente. Es una tarea ingrata que nadie quiere hacer, porque la honestidad que motiva dicho acto suele verse recompensada con una dosis letal de ostracismo, así como por un grupo de señoras jubiladas, acampadas de forma permanente frente a la entrada de tu casa con banderas de España y que te gritan cosas como “sinvergüenza” y “fuera, fuera” cada vez que cruzas el umbral.


Señoras que están allí, bajo la lluvia. Esperando.

Por ese cúmulo de razones, generalmente preferimos pensar que las víctimas del terrorismo son nada menos que la reserva moral de la nación y que están libres de toda mácula. De todas formas, en nuestro ibérico reino, eso del “espíritu crítico” y la “valentía política” es como el pan en la España de Franco: sólo se puede conseguir mediante cartilla de racionamiento. Cuando las asociaciones de víctimas se oponen a que se firme la paz con ETA y exigen que se mantengan las medidas de excepción, todavía no ha nacido el guapo que les diga que no se puede someter a todo un colectivo a presión policial y política sólo porque ellos se estén atravesando una fase de negación de la realidad basada en los delirios mediáticos de unos caballeros que no tienen dónde caerse muertos.


“¿Dijeron que no a la puesta en cuarentena de Vascongadas? Bueno, habrá que pensar en otra cosa…”

Lo diremos como lo diría Ned Flanders, puede que así no nos linchen al salir del coche con la compra: en el Armarito de César Borgia creemos en la libertad de expresioncita y, por lo tanto, pensamos sinceramente que cualquier organizacioncita que se posicione en política siendo inmune a las critiquillas es un peligrito real y un riesguito para nuestra democracita. Algunas asociaciones de víctimas se han dedicado a influenciar la política anti-terrorista española sin que nadie pueda llevarles la contraria, a pesar de contar con el apoyo explícito de ciertas agrupaciones,–*tos*partidopopular*tos*upyd*tos*. Además, en algún momento dejaron de defender sólo a las víctimas y empezaron a defender a España. Y luego se declararon contrarios a los nacionalismos periféricos, y no sólo a los que emplean la violencia, sino a todos, incluido el gobierno, porque quiere lo mismo que quieren todos ellos, es decir, romper España. Hay que ver lo mucho que aguanta, la condenada.


A más de uno le vendría bien que se rompiera un poquito.

Eso ya no son asociaciones de víctimas, son lobbies ultraconservadores al servicio de intereses políticos, capitaneados por gente que ha asimilado erróneamente los intereses de las víctimas a los intereses del país, del Estado y del resto de la ciudadanía. Gente que usa su posición de campeones de la dignidad para atacar personas e instituciones que nunca han tenido nada que ver con ETA o la violencia, y de paso criminalizar a sectores enteros de la población por pensar distinto. Deberíamos ser capaces de decir abiertamente que son unos majaderos y que se vayan un poquito a la mierda. Pero no lo haremos, no sea caso que nos acusen de hacer apología del terrorismo o algo así.

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La paradoja del manifestante

Lo diremos para que quede claro: en el Armario de César somos unos vagos, porque es lo que se lleva en España en estos momentos. Bueno, es lo que siempre se ha llevado, pero parece que ahora, con todo eso de la crisis y el fin del mundo, ser vago es, más que nunca, motivo de orgullo. Antes eras sólo un vago más, pero ahora puedes ir por ahí diciendo que si no trabajas es porque los bancos y la avaricia corporativa te han obligado a acampar indefinidamente en la calle bajo el dulce solecito. Vago es lo que vuestros hijos quieren ser de mayores. Vago es trending topic. Vago es el nuevo David contra Goliat. Y eso nos convierte en un país de auténticos héroes. Si no podemos vencer al capitalismo desde el sofá de casa, pondremos el sofá en la calle. Pero a Dios ponemos por testigo que de allí no nos moverán.


“WE. SHALL. NOT. BE. MOVED!”

Por esa razón hemos pasado olímpicamente de escribir un artículo sobre el 15-M, porque eso requería un esfuerzo mayor y una opinión informada. Hasta ahora. Seguimos sin tener una opinión informada pero, tras tantos lunes al sol, ocurrencias cómicas nos sobran. Supongo que acabará por salirnos algo mínimamente decente y dotado de sentido. Y por si acaso, hemos contratado a un becario, que también está de moda.


“¿Publicar con tú nombre? ¡Muy buena becario! Anda, dame eso y tráeme un café.”

Pero claro, no todos tienen a un pobre ser humano a su servicio en búsqueda de un futuro mejor. Y ese es el principal problema de querer hacer la revolución desde el sofá, cerveza en mano y la boca llena de cheetos. Una cosa es ir lanzando al aire mensajes ingeniosos aunque inconexos, y la otra construir un discurso coherente. La finalidad de lo primero es generar ruido y, por qué negarlo, agitación hormonal en el sexo opuesto. Es el equivalente civilizado de darse golpes en el pecho, y está a medio camino entre la masturbación intelectual y el típico comportamiento de gilipollas de bar que tanto apreciamos. Pero construir un discurso coherente a escala nacional es difícil y requiere trabajo, compromiso y cierto sacrificio personal. Y nosotros, por así decirlo, pasamos tío. Pero los del 15-M deberían planteárselo ya, si no corre uno el riesgo de quedarse atrapado en un simbolismo lacónico y cutre, que queda muy bien en los stickers de la mochila, pero que no lleva a ninguna parte.


“¡Tengo un sueño!…abajo el capitalismo…Catalunya is not Spain…la sanidad es de todos…Yankees go home…Negociación con ETA en mi nombre no…y tal y cual… ¿Sabes?”

Por ejemplo, tomad el elemento distintivo del movimiento de indignados. La careta de Guy Fawkes. La usan en todas partes, ya sea en Europa o del otro lado del Atlántico, porque Africa y Asia no cuentan a efectos de todas partes. Cada vez que vemos un amable ciudadano con dicha careta por la calle pidiendo una revolución social y una democracia real, nos entran ganas de hacer lo que hacen los británicos cada 5 de noviembre, es decir, quemar a Guy Fawkes. Una cosa es que Alan Moore se tomara algunas libertades con V de Vendetta y “revisitara” la historia de Fawkes para dar vida al personaje de V, quien, sea dicho de paso, tiene más de anti-héroe que de héroe. Otra muy distinta es que la gente reivindique la figura de Fawkes para derrocar al sistema y restaurar la justicia social, en base a los hechos contados en una película más bien malilla. El Guy Fawkes de verdad no luchó contra ningún gobierno opresor (de acuerdo con los estándares de no-opresión de principios del siglo XVII). De hecho, Inglaterra era de los países con más libertades de la época. Guy Fawkes, en cambio, era un fundamentalista católico disgustado con el anglicanismo y la moderación religiosa del rey Jaime I. Sí, estamos hablando de un hombre que pensaba que las autoridades religiosas de la inmediatez post-medieval eran demasiado blandas. Y un buen día, decidió provocar un cambio de gobierno.

Volando el parlamento por los aires. Así, tal cual.


Sus inmortalizados rasgos faciales generan la misma confianza y sensación de bienestar que un pederasta paseándose por el vecindario con un carrito de helados.

Lo que tenemos es lo siguiente. Primero, un hombre dispuesto a matar a un montón de gente para conseguir un objetivo que tiene de democrático lo que Jorge Javier Vázquez de Caballero Legionario. Segundo, un montón de gente dispuesta a creerse que, en realidad, dicho ser defendía valores que, dados su época y emplazamiento geográfico, sólo habrían sido posibles gracias a una máquina del tiempo. Y tercero, una serie de empresas dispuestas a explotar la credulidad de las masas para hacer el negocio del siglo vendiendo artículos de merchandising sobre el personaje en cuestión. ¿Os resulta familiar?


“¡Hasta la democracia real siempre!”

Exacto, Guy Fawkes es el nuevo Che Guevara.

Como ocurre a menudo con los adoradores de ídolos comerciales, nunca es posible saber si van en serio o si simplemente llevan la camiseta por que les queda guay. Esta confusión nos lleva al punto en que ya no sabemos muy bien con quién demonios tenemos el insigne honor de tratar. El indignado es difícil de categorizar. Esto genera un problema complejo para la resolución del cual tenemos que echar mano de los extensos conocimientos de física que nos brindan el bachillerato de letras y una licenciatura en ciencias políticas. En el fondo es un simple paradoja, que nombraremos “el Manifestante de Schrödinger”. El manifestante, encerrado dentro de un movimiento más bien opaco, podría ser un demócrata incomprendido o un pequeño dictador, pero no lo sabremos hasta que el movimiento en cuestión provoque un cambio de gobierno. Hasta la llegada de tal fecha, no podemos hacer otra cosa que no sea asumir que el manifestante es a la vez un defensor de la democracia y un autócrata absolutista. La derecha conservadora, tradicionalmente más reticente a modificar las condiciones iniciales del experimento, ha barajado la posibilidad de meterlos a todos dentro de una cámara de gas letal que se activa aleatoriamente y ver qué pasa. Por fortuna, no todos somos unos sádicos.


“Podría ser un sádico y podría no serlo. No lo sabremos con certeza hasta que no me presentes a tu gato.”

De ahí que nadie entienda de qué va el 15-M. Es a la vez una fuente de esperanza y un motivo de creciente preocupación. El movimiento no tiene mensajes claros, sino que consiste en un popurrí ideológico que sólo presenta cierta coherencia una vez asumidas su naturaleza paradójica y la participación elementos de mecánica cuántica. Y la verdad, no se nos dan nada bien las ciencias y preferimos echar una siestecita. Ellos no hacen un esfuerzo en explicarse. Y nosotros tampoco haremos uno para entenderles. Porque somos unos vagos.

Hale, ya hemos rizado el rizo. Nos ha salido bien y todo.

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