Prevención del SIDA y terrorismo

Navegando por internet uno encuentra de todo. Desde periódicos online que ofrecen la posibilidad de seguir la guerra en directo, en plan Gran Hermano – Gadafi ha sido nominado y deberá abandonar la casa – hasta webs que venden heces de elefante para que se las envíes a tus enemigos, porque puede que la venganza se sirva fría, pero tibia y blandita mejor que mejor. También encontraremos el material del que están hechas las pesadillas. Pesadillas que nos robarán el alma y destruirán nuestra inocencia, y la verdad – a quién queremos engañar – nos gustaría conservar la poca que nos queda. Que esto sirva de manual de supervivencia, inocentes lectores.

Todo ser humano que haya ido a una escuela o instituto a partir de finales de los 80 habrá visto, colgados en las paredes, carteles de prevención que mostraban, generalmente, una pareja desnuda en blanco y negro con caras inexpresivas y pinta de no estar pasándoselo ni bien, ni mal, sino “pse”. A parte de la típica sensación de malestar generado por todo lo que puede guardar un parecido razonable con una escena de Truffaut, alguien que nunca había oído hablar del SIDA no sentía, al contemplar el cartel, ninguna sensación de peligro o siquiera de riesgo. Sencillamente alguien decía “la vie est une pomme flétrie, dévorée par la lassitude des heures” y la chica del al lado contestaba “vous avez raison Charles…”, y acto seguido la cámara enfocaba un árbol durante 3 horas.

Sospechando que los posters existencialistas no tenían efecto en su público, los publicistas, que son muy listos, optaron por métodos más directos. Y determinaron que, para que un mensaje cale de forma apropiada, es necesario traumatizar de por vida a todo aquel que pose su desprevenida mirada sobre sus carteles, porque el miedo y el terror son métodos de reconocida eficacia en lo que a concientización se refiere. Como encerrar a los enfermos en campos de concentración y exterminio no era una idea viable, las agencias de publicidad responsables de las campañas hicieron lo que venía justo después en la escala de la terriblemente perturbado. ¿La respuesta?

 

 

Escorpiones gigantes. Sexo con escorpiones gigantes.

 

 

Y ciempiés humanos, retorcidas criaturas sacadas de la mente enfermiza de Clive Barker.

Hay que denunciar a esta gente. Por publicidad engañosa. Intentar mantener relaciones sexuales con escorpiones gigantes tiene que ser muchísimo más peligroso que hacerle el amor apasionadamente a un contenedor de jeringuillas usadas – sí, contenedores de jeringuillas usadas, a nosotros no nos miréis, han empezado de los del escorpión. Oh, y también hay un poster en el que una tarántula gigante le hace un cunnilingus a una pobre mujer – y lo de “pobre” lo decimos por decir, la verdad es que pone cara de placer. Pero nos abstendremos de poner la foto, porque el objetivo de todo esto es preservar vuestra inocencia ante campañas de publicidad agresiva, ¿no? Espero sinceramente que funcione. De verdad. De todas formas, ¿qué podría ser peor que el sexo con insectos gigan-

 

 

Oh. Eso.

A parte del hecho de que este cartel parece sugerir que la forma correcta de usar un condón es meter a la chica dentro – y definitivamente no lo es –,  la alegoría aquí utilizada para describir los riesgos del SIDA parece haber sido pensada por un equipo de publicistas atiborrado de metanfetaminas, posiblemente con el audiobook de la Alicia en el País de las Maravillas sonando de fondo. Suponemos que la conversación fue de la siguiente manera:

Tipo#1: Bien, ¿cómo convencemos a nuestros jóvenes de los riesgos que implica el sexo desprotegido?

Tipo#2: ¡Ya lo tengo! La escena de “Bajo el mar”, de La Sirenita de Disney, versionada por David Lynch. Con peces-pene, anguilas-pene y una gran anémona-pene en el centro. Y un condón-submarino.

Tipo#1: Excelente.

También hay la versión dirigida al público masculino – aunque, dado el surrealismo de la cosa, no creo que haya sido muy pertinente de parte de los publicistas entrar en cuestiones de género. Pero dado que La Sirenita es supuestamente menos representativa para dicho público, el segundo cartel está basado en lo que parece ser la versión erótica de 2001: Odisea en el Espacio. O puede que sea la Guerra de las Galaxias. En cualquier caso, en vez de estrellas y planetas, hay pechos flotantes, imaginamos que por aquello de “Vía Láctea”. También hay vaginas flotantes, pero en este caso no tenemos ni idea del porqué. Y francamente, no queremos saberlo.

 


O como diría James Tiberius Kirk: “Cuaderno de bitácora,  fecha estelar 52034.0: WTF ?!.”

 

Conclusión, molestos por el hecho de que la gente non entendiera sus sutiles alusiones al paso del tiempo y al spleen vital que, fatalmente, nos afecta a todos, los publicistas decidieron dejar de lado a Truffaut e inspirarse en otros grandes monumentos del cine, como, por ejemplo, SAW y su dulce, dulce terror. Qué mejor forma de prevenir el SIDA que convencer al público de que el sexo y la lujuria llevan directamente al Segundo Círculo del Infierno?

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