Con medias y a lo loco

En el fondo, a todos nos cuesta imaginarnos a la clase política haciendo las cosas del día a día. Nadie logra esbozar con claridad la imagen de Rita Barberá comprándose y probándose un bañador de rebajas en el Carrefour, en parte porque nadie desea perder la cordura, pero sobre todo porque tenemos tendencia a asumir, de forma errónea, que la alcaldesa de Valencia no va a la playa a pasárselo bien con sus hijos…cuyo acto de concepción será, a partir de ahora, otra imagen con la que tendréis que vivir, lo sentimos mucho. El poder de la sugestión es ciertamente terrible, os prometemos que no lo volveremos a hacer.


Ups.

Imágenes violarecuerdos a parte, lo cierto es que la mayoría de nobles representantes del pueblo llano y otros protectores del interés público son gente bastante común. Van a comprar el pan, acompañan a sus hijos a la escuela y desaparecen por la noche para reaparecer al día siguiente apestando a alcohol, perfume barato y sudor con una buena excusa para la parienta. Si les cortas, sangran. Si les pegas, lloran. Si les montas un campamento de indignados en la plaza de la villa, te dicen que busques trabajo. Si son del PP, te dicen que eres un izquierdista vago y sucio. Si son del PSOE, te dicen que, si fueran más jóvenes, se unirían a ti encantados. Y luego reniegan de ti. Vamos, que se comportan cualquier ciudadano de bien, sólo que en vez de chándal del Decathlon, se ponen un traje, excepto Camps, que se pone cuatro porque va sobrado de guardarropa.

Y claro, eso significa que también tienen los mismos defectos, fobias y problemas de la gente normal. A Manuel Chaves, por ejemplo, los familiares no le dejan tranquilo y no paran de pedirle dinerito para remodelar el salón antes de las Fiestas (por salón entendemos “cuentas de la empresa” y por Fiestas “antes de que le hagan una auditoría”). A Mariano Rajoy le dan miedo los helicópteros. Tomás Gómez tiene que obedecer a las consignas de sus superiores a sabiendas de que será un desastre.


O eso, o tiene a Tinky Winky de director de campaña.

El último en desvelarle al mundo los detalles más terrenales de su humanidad ha sido Rodríguez Ibarra,  hidalgo de los lanza en astillero y Señor de los Anillos extremeño. Y se lo agradecemos mucho. De hecho será lo único que le agradezcamos a Ibarra en esta perra, perra vida. Si va de cacique por la vida, al menos tenga la decencia de hacerlo a lo Cánovas del Castillo con bipartidismo ficticio. A eso se le llama tener estilo, señor Ibarra.

En fin. Extremadura (o, según cuentan las escrituras, Mordor) como es bien sabido, destaca principalmente en el sector de manufacturación de funcionarios-mueble, que te tienes que montar tú mismo y que te compras en Ikea por deseo de acumulación consumista más que por auténtica necesidad (lo llaman Statsförvaltning). De ahí vienen las enormes riquezas de dicha comunidad autónoma que, al igual que sus famosas manadas de unicornios socialistas, son de sobra conocidas por los demás ciudadanos del Estado. Teniendo en cuenta tamaña abundancia, Extremadura aceptó sufragar los costes de despacho del señor Ibarra a cambio de que este dejara de chupar teta. Se comprometió a pagarle todos los costes, cualesquiera que fueran. Todos, absolutamente todos. Incluyendo lencería. O según la acepción nº6 de esa misma palabra en el Diccionario de la RAE, “n.f. ropa interior femenina”.


“Y ahora señorías, tras aprobar los presupuestos, el protocolo manda bailar el aserejé. Todos en pie.”

Pues sí, Ibarra se ha gastado unos 600 euros del erario público en sostenes, braguitas, jarreteras, medias de encaje y suponemos que ingentes cantidades de panties, porque, ante todo, un macho español tiene que ir a lo práctico.

600 euros puede parecer una cantidad irrisoria comparados con los 2 millones que se ha gastado en su despacho. Ahora bien, por desgracia, no somos expertos en el tema. Nos gustaría serlo, pues apreciamos el conocimiento en general, el tacto sedoso de dichas prendas en particular y porque pensamos que hablarle a una desconocida en un bar de su ropa interior, demostrando cierta autoridad en la materia, es una gran forma de ligar. Infelizmente, no nos atrevemos a cruzar el portal de la tienda Women’s Secret de la esquina. Tenemos miedo de ser rechazados por la sociedad y a ser apedreados por las manadas de chonis heteronormativas que patrullan habitualmente las afueras de esos locales. Probablemente por eso no podemos entender que alguien se gaste 600 euros en ropa interior femenina para su despacho. Puede que en Mérida hagan las cosas de forma alternativa y, de ser el caso, saludamos su iniciativa, pero por lo general uno asume que no puede ir a la oficina en tanga de leopardo, por muy casuals que sean los Fridays. Así pues, ¿para qué tanta braga? ¿Para su mujer? ¿Para su becaria? ¿Como medida decorativa? ¿Para él mismo? ¿Podría ser Rodríguez Ibarra la versión castiza de Sembei Norimaki? Queremos pensar que sí.


De nuevo, perdón. Y dulces sueños.

En el Armario de César Borgia, sin embargo, respetamos el travestismo como una opción muy aceptable en la vida de cualquier ser humano. Desde aquí queremos felicitar a Ibarra por su anticonformismo y su firme voluntad de no dejarse influenciar por el pensamiento mainstream en lo que a moda y parafilias se refiere. Uno tiene el derecho de ser tan horteramente depravado como le plazca. Es la base del liberalismo. O puede que no, se lo preguntaremos a Stuart Mill en la wija del sábado.

En todo caso, queríamos dejar claro que Ibarra no es ningún dinosaurio. Es un individuo que ya tiene una edad, que persigue a las jovencitas por la calle y que se compra ropa interior para sentirse joven y/o excitarse sexualmente cuando fallan las píldoras azules. En definitiva, una personita triste, poco original y ligeramente senil. Un ser humano de los de toda la vida.

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