El Ideólogo de Derechas

El pecado original de todo profesor de universidad es  declarar ante todo un grupo de adolescentes, intelectualmente mermados por incontables ediciones de Gran Hermano y Aquí Hay Tomate, que no hay ideas estúpidas y que no deberían poner reparos en dar su opinión sobre un tema. Los adolescentes obedecen a los mismos mecanismos sociales que una manada de hienas y se ven atraídos de forma automática hacia el líder, que no suele ser el más brillante, culto o esforzado, sino el más “desacomplejado”, es decir el que mejor consigue emitir un juicio sin hacer uso de su razón. Vamos, el que grita más fuerte y tiene las ideas más simples, ideas que no requieran ningún tipo de actividad encefálica, más allá de algunas funciones cognitivas básicas: funcionan por pequeños impulsos y reacciones automatizadas a estímulos externos, lo que les convierte, científicamente hablando, en zombies.

El estudiante ideólogo de derechas, generalmente un pijo de mierda, con su dominio elemental de la oratoria DIY, su ropa adaptada al discurso y su arrebatadora sonrisa Colgate, se eleva pues como candidato ideal para capitanear su pequeño gran grupo de endebles marionetas no-pensantes hacia un supuesto futuro mejor, porque piensa que está capacitado para ello. Todo porque algún genio dijo eso de “no hay preguntas estúpidas ni ideas tontas”. Es como cuando Pierre de Coubertin dijo aquello de “lo importante no es ganar, sino participar”, expresión empleada hoy en día para dar ánimos a aquellos niños gorditos, asmáticos o condenados al trágico confort de una silla de ruedas que son elegidos en último lugar a la hora de formar equipo en el recreo. Es algo que dices para no herir los sentimientos de nadie, pero eres perfectamente consciente de que estás protegiendo al débil e interfiriendo en el proceso de selección natural. Y de paso, jodiendo los designios del Señor y su diseño inteligente.


Y si algo nos ha enseñado Indiana Jones es que no conviene joder al Señor.

El estudiante ideólogo tiene el don de la sinceridad: dice lo que piensa. Pero aun así no nos cae bien. Posiblemente porque por muy sincero que seas, una gilipollez seguirá siendo una gilipollez. Hitler nunca escondió que les judíos le daban mal rollito y eso no le convierte en buena persona (a menos que pienses que American History X va de un traidor a la causa aria que acaba recibiendo su merecido). Al ideólogo lo pasa algo similar: tiene unas ideas abyectas y no le molesta en absoluto reconocerlo porque, como dice a menudo, “no tengo complejos de ningún tipo”, que podemos traducir vagamente por “Descartes era un imbécil, su Método una estupidez…y la ¿Razón? La Razón es un excelente periódico.” Por supuesto, es incapaz de razonar sus posiciones ideológicas porque eso, en su caso, suele ser hereditario. Y porque el motivo por el cual está contigo, estudiando políticas, es que en algún momento le echaron de ESADE o del IQS por comerse los mocos con extremo entusiasmo y porque sus mocos sabían a cocaína. Dado que no tenía nota para entrar en ADE por la pública, ahí lo tienes, haciendo discursos clasistas y sexistas sin fundamento teórico alguno y ampliamente basados en lo que dice su padre, que es empresario/médico/abogado y sabe mucho de política.


Casi tanto como Antonio Jiménez sabe de periodismo.

Por desgracia, existen ideas estúpidas – son una condición de la existencia de las buenas ideas, mucho más escasas. De hecho, hay grupos de prensa, autores, “académicos” y radiofonistas totalmente dedicados a producir memeces con el fin de cubrir la infinita demanda en conceptos sencillos que opten por la clásica dicotomía blanco/negro o por la polémica barata. La gente ha asimilado de tal forma que ir en contra del pensamiento imperante es de intelectuales y vanguardistas, que cualquier gilipollez resulta válida, aunque vaya en contra del sentido común. Ser considerado un intelectual es un excelente remedio contra el cortafuegos de la lógica y, mientras no hagas demasiadas faltas de ortografía y escribas más o menos bien, tu público beberá tus palabras y te tomará en serio. Por ejemplo, decir que el Tercer Reich era de izquierdas porque en nacional-socialista hay la palabra “socialista”, y a partir de aquí deducir que el partido socialista catalán, al ser “nacionalista” y “socialista”, es un partido nazi, se considera una muestra de ingenio y profundidad. Al decir eso, el ideólogo de derechas queda como un rebelde y los rebeldes atraen. A James Dean le bastó con matarse al volante a los 24 años para convertirse en un icono popular y eso que, aunque el comité de trasplantes de órganos de California estuvo encantado, acabar con el volante hundido en la caja torácica no tiene nada de rebelde, sino que roza más bien lo trágicamente cómico. Decir salvajadas que no te crees ni tú es como estampar tu coche a 200 km/h contra un muro de acero: la gente no lo entenderá, pero por alguna razón les parecerá una idea genial y harán de ti un símbolo de la resistencia contra [inserte institución, concepto o persona objetivo].


“¡QUE OS JODAN, LEYES DE LA FISICA!”

El ideólogo consigue que la gente piense “olé tus huevos, debes tener argumentos de hierro para decir esas cosas, me asombra tu inteligencia”, de ahí la popularidad de esa clase de personaje. Como es obvio que no puedo competir con las acrobacias mentales de esta gente, lo dejaremos aquí. Tarados.

Dice ser: alguien que se preocupa por lo que de verdad importa, como la victoria española en el Mundial de Fútbol, y no por una tontería de referéndum independentista.

Desea secretamente: que le publiquen sus artículos en algún periódico serio, como la Gaceta.

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