Archivo mensual: abril 2011

El Ideólogo de Derechas

El pecado original de todo profesor de universidad es  declarar ante todo un grupo de adolescentes, intelectualmente mermados por incontables ediciones de Gran Hermano y Aquí Hay Tomate, que no hay ideas estúpidas y que no deberían poner reparos en dar su opinión sobre un tema. Los adolescentes obedecen a los mismos mecanismos sociales que una manada de hienas y se ven atraídos de forma automática hacia el líder, que no suele ser el más brillante, culto o esforzado, sino el más “desacomplejado”, es decir el que mejor consigue emitir un juicio sin hacer uso de su razón. Vamos, el que grita más fuerte y tiene las ideas más simples, ideas que no requieran ningún tipo de actividad encefálica, más allá de algunas funciones cognitivas básicas: funcionan por pequeños impulsos y reacciones automatizadas a estímulos externos, lo que les convierte, científicamente hablando, en zombies.

El estudiante ideólogo de derechas, generalmente un pijo de mierda, con su dominio elemental de la oratoria DIY, su ropa adaptada al discurso y su arrebatadora sonrisa Colgate, se eleva pues como candidato ideal para capitanear su pequeño gran grupo de endebles marionetas no-pensantes hacia un supuesto futuro mejor, porque piensa que está capacitado para ello. Todo porque algún genio dijo eso de “no hay preguntas estúpidas ni ideas tontas”. Es como cuando Pierre de Coubertin dijo aquello de “lo importante no es ganar, sino participar”, expresión empleada hoy en día para dar ánimos a aquellos niños gorditos, asmáticos o condenados al trágico confort de una silla de ruedas que son elegidos en último lugar a la hora de formar equipo en el recreo. Es algo que dices para no herir los sentimientos de nadie, pero eres perfectamente consciente de que estás protegiendo al débil e interfiriendo en el proceso de selección natural. Y de paso, jodiendo los designios del Señor y su diseño inteligente.


Y si algo nos ha enseñado Indiana Jones es que no conviene joder al Señor.

El estudiante ideólogo tiene el don de la sinceridad: dice lo que piensa. Pero aun así no nos cae bien. Posiblemente porque por muy sincero que seas, una gilipollez seguirá siendo una gilipollez. Hitler nunca escondió que les judíos le daban mal rollito y eso no le convierte en buena persona (a menos que pienses que American History X va de un traidor a la causa aria que acaba recibiendo su merecido). Al ideólogo lo pasa algo similar: tiene unas ideas abyectas y no le molesta en absoluto reconocerlo porque, como dice a menudo, “no tengo complejos de ningún tipo”, que podemos traducir vagamente por “Descartes era un imbécil, su Método una estupidez…y la ¿Razón? La Razón es un excelente periódico.” Por supuesto, es incapaz de razonar sus posiciones ideológicas porque eso, en su caso, suele ser hereditario. Y porque el motivo por el cual está contigo, estudiando políticas, es que en algún momento le echaron de ESADE o del IQS por comerse los mocos con extremo entusiasmo y porque sus mocos sabían a cocaína. Dado que no tenía nota para entrar en ADE por la pública, ahí lo tienes, haciendo discursos clasistas y sexistas sin fundamento teórico alguno y ampliamente basados en lo que dice su padre, que es empresario/médico/abogado y sabe mucho de política.


Casi tanto como Antonio Jiménez sabe de periodismo.

Por desgracia, existen ideas estúpidas – son una condición de la existencia de las buenas ideas, mucho más escasas. De hecho, hay grupos de prensa, autores, “académicos” y radiofonistas totalmente dedicados a producir memeces con el fin de cubrir la infinita demanda en conceptos sencillos que opten por la clásica dicotomía blanco/negro o por la polémica barata. La gente ha asimilado de tal forma que ir en contra del pensamiento imperante es de intelectuales y vanguardistas, que cualquier gilipollez resulta válida, aunque vaya en contra del sentido común. Ser considerado un intelectual es un excelente remedio contra el cortafuegos de la lógica y, mientras no hagas demasiadas faltas de ortografía y escribas más o menos bien, tu público beberá tus palabras y te tomará en serio. Por ejemplo, decir que el Tercer Reich era de izquierdas porque en nacional-socialista hay la palabra “socialista”, y a partir de aquí deducir que el partido socialista catalán, al ser “nacionalista” y “socialista”, es un partido nazi, se considera una muestra de ingenio y profundidad. Al decir eso, el ideólogo de derechas queda como un rebelde y los rebeldes atraen. A James Dean le bastó con matarse al volante a los 24 años para convertirse en un icono popular y eso que, aunque el comité de trasplantes de órganos de California estuvo encantado, acabar con el volante hundido en la caja torácica no tiene nada de rebelde, sino que roza más bien lo trágicamente cómico. Decir salvajadas que no te crees ni tú es como estampar tu coche a 200 km/h contra un muro de acero: la gente no lo entenderá, pero por alguna razón les parecerá una idea genial y harán de ti un símbolo de la resistencia contra [inserte institución, concepto o persona objetivo].


“¡QUE OS JODAN, LEYES DE LA FISICA!”

El ideólogo consigue que la gente piense “olé tus huevos, debes tener argumentos de hierro para decir esas cosas, me asombra tu inteligencia”, de ahí la popularidad de esa clase de personaje. Como es obvio que no puedo competir con las acrobacias mentales de esta gente, lo dejaremos aquí. Tarados.

Dice ser: alguien que se preocupa por lo que de verdad importa, como la victoria española en el Mundial de Fútbol, y no por una tontería de referéndum independentista.

Desea secretamente: que le publiquen sus artículos en algún periódico serio, como la Gaceta.

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El Cínico

El cínico es el sol de tu vida, aquella persona cuyos oscuros comentarios sobre el día a día de la especie humana te hacen sonreír a pesar de ser, en su mayoría, observaciones apologistas del darwinismo social y la eugenesia negativa. El simple hecho de reírte te convierte en una mala persona, y lo sabes. Pero lo toleras porque hay algo en el tono del cínico que te resulta entretenido y porque, en el fondo, estás muerto por dentro. Y además eres consciente de ello, pero no te importa – porque, como ya hemos dicho, eres una mala persona. Esa es la magia del cínico, a través de sus mordaces comentarios, incluso el hambre, las epidemias y la guerra étnica pueden resultar divertidas, y sin que por ello tengas que sentirte culpable.


“Y entonces, Ariel dijo que no aguantaba más y se voló la tapa de los sesos de pura desesperación…me reí durante media hora, ése Ariel…¡todo un clásico!”

Pero no nos engañemos. El cínico, como todo artista, precisa de una musa. Y esa musa eres tú, ser humano anónimo. Hay pocas cosas que la humanidad sepa hacer mejor que putear a sus semejantes, en una larga y tristemente inventiva e ingeniosa lista de formas posibles. La gran mayoría de la grandes evoluciones políticas, tecnológicas y sociales originaron algún que otro ejemplo de esa estupidez crónica que nos viene persiguiendo como especie desde tiempos inmemoriales. Por ejemplo, en sus inicios, Internet tenía más que ver con misiles balísticos que con millones de hombres buscando sexo virtual.


Aunque, según Freud, viene a ser lo mismo.

Gracias a Internet, precisamente, el cínico usa ese poder suyo para escribir en blogs chorras como éste, porque, aunque la reacción madura y adulta sería llorar por nuestra pobre humanidad, el cínico no es ni maduro ni adulto. Por suerte, tú tampoco, ser humano anónimo. Y sí, es una suerte, porque de no ser por nuestra capacidad de reírnos de las miserias de los otros, no podríamos progressar como sociedad. De hecho, la única razón por la cual no nos hemos extinguido es porque, precisamente, aunque se nos da muy bien matar cosas, también somos muy buenos a la hora de reconstruir nuestras vidas sobre las humeantes ruinas de la civilización, con una gran sonrisa – lo llaman “esperanza” -, para luego destruirlas de nuevo, añadiendo pequeñas mejoras a medida que avanzamos.


Según nuestros cálculos, el futuro está a dos guerras mundiales, trece pogromos, doscienteos noventa y dos casos de corrupción urbanística y un caso de fraude electoral masivo.

Así pues, el cínico observa a la humanidad, dándose golpes de cabeza contra una pared de forma regular, consternado ante sus semejantes, siempre convencidos de que “esta guerra será la última” o que “nunca más seremos esclavos de nadie”. En definitiva, el cínico es tu amigo, es quien te muestra como eres, humano anónimo. Es una cáscara vacía dotada de ingenio, pero es TU cáscara vacía.


Dice ser: un observador estoico de la gilipollez ajena

Desea secretamente: volver al sufragio censitario

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La Divina Tragedia

A nosotros, los grandes hombres, nos atrae el peligro. El peligro, en el fondo, es secretamente bello y atractivo para quien sabe apreciar la gloria y la fortuna que se derivan de la audacia de aquel, o aquellos, que deciden abofetear rudamente a sus temores y así convertirse en leyenda. No es que aspire a ser leyenda, porque la verdad es que no deseo alcanzar la fama, que acabaría destruyéndome y dejándome tirado en una cuneta de la carretera de Torremolinos, temblando bajo los efectos de la sobredosis inducida por un curioso cóctel de leche, miel y heroína. Sin embargo, me conformo con disponer del apoyo providencial de la diosa Fortuna. El cómo proceder, he aquí un auténtico arte. Como diría Maquiavelo, “es mejor ser impetuoso que circunspecto, porque la Fortuna es mujer y, si se quiere dominarla, hay que maltratarla y tenerla a freno. La experiencia enseña que se deja vencer por quienes proceden fríamente; pero, como mujer que es, gusta de los jóvenes, que tienen menos miramientos, son más brutales y la someten con más audacia”.


Maquiavelo, justificando la violencia de género desde 1513

Así pues, este fin de semana, me hallaba aburrido, tirado en la cama y en plena sesión de “buscar imperfecciones y manchas en la pintura del techo de la habitación”. Cuando ya había imaginado toda una historia en la que la mancha con forma de cacahuete se enamoraba de la fisura en el rincón (a pesar de la firme oposición de su padre, el grumo blanco un poco más a la izquierda), algo me sacó de mis sueños despiertos: me levanté, eché una mirada melancólica por la ventana que da al precioso patio interior de mi edificio y algo en mi interior susurró: “Deberías hacer algo estúpidamente peligroso y audaz, mi tesoro”. Felicitándome por mi buena relación con sea lo que sea que llevo dentro de mí y que lucha constantemente por salir, me fui a la cocina, ingerí una cantidad inusual de agua con azúcar tan rápidamente como pude  y, a continuación, rozando la hiperglicemia y decidido a seguir a mi musa hasta las mismísimas puertas del Infierno, inicié una maratón de Twilight. Nunca un supuesto acto de virilidad y desprecio por el peligro estuvo tan cerca de lo sexualmente ambiguo.


Chúpate esa, Fortuna.

Ahí estaba yo, sólo ante la entrada al Inframundo, desconocedor, cual Dante, de las terribles experiencias que me aguardaban. La verdad es mucho más terrorífica de lo que nuestras débiles mentes humanas puedan imaginar, pues por oscuros que sean los presagios contenidos en los tráileres cinematográficos, apenas pude hallar una medida de comparación con la abominable realidad de aquel mundo en el que los ángeles caídos y las almas de los condenados no eran sino meros antipasti de lo me iba a encontrar. Cuando le conté a Caronte, el balsero, el sombrío propósito de mi visita, me rogó que, por favor, no le hiciera daño, que me dejaría pasar. Sorprendido por no haber tenido que vender mi alma o morir para atravesar el Estigia (me aseguran que es el procedimiento habitual), surcamos las infernales aguas del río hasta llegar a un pequeño embarcadero mohoso. Ahí me esperaba mi guía auto designado, el buen Virgilio.


El Infierno es como este artículo: está lleno de italianos

A pesar de mis muchas e interesantes preguntas sobre la poesía clásica bajo el Imperio Romano y a pesar de haberle dedicado a Dante versos y más versos en su discurso de bienvenida, en mi caso Virgilio fue directo al grano:

“¿A que venís, mi señor, si este humilde poeta puede saber? ¿También vos venís en busca del amor que os robó la daga de vuestro enemigo, como vuestro predecesor?”

“No, que va. Escucha, soy un bloguero con mucho tiempo libre, ¿cómo voy a tener churri? No, no, nada de eso, vengo a por el Secreto de Twilight.”

“El…Secreto. En verdad, vuestra búsqueda es desesperada y peligrosa. Muchas almas malditas yacen en la resbaladiza senda por la que transitáis. Un paso en falso y caeréis. Condenación o salvación, ya no tenéis alternativa. Permitid que os guíe, mi señor.”

“Okey, pero yo sólo quiero escribir un artículo para que la gente se ría, tanto conmigo como de mí. Tengo un blog de humor, ¿sabes?”

“Ah, recorréis el camino de la ilustración entonces. Noble tarea la de llevar el conocimiento a nuestros semejantes.”

“Err…si, eso, ilustración y conocimiento. ¿Vamos V? ¿Te puedo llamar V?”

“Prefiero Virgilio, si no os importa.”

“Virgilio está bien, supongo.”

V y yo nos pusimos en marcha y, pasados los estrechos corredores del merchandising, llegamos a las desconsoladas Llanuras del Llanto, el Primer Círculo y mi primera prueba para descubrir cuál era aquel terrible Secreto. V alzó sus dedos descarnados e indicó, a lo lejos, un grupo de criaturas deformes, con jorobas tan exageradamente fáciles de poner en evidencia en algún programa de telebasura que explote los problemas de la gente que no pude contener una risita piadosa. Luego me fijé más detenidamente en aquellos seres inmundos, que el cielo no había querido y que ahora el infierno condenaba a merodear en la nada. Eran niñas. Unas pocas de unos once o doce años, la mayoría sin embargo excedían los quince, con facilidad. Algunas ya eran mujeres. Incluso vi algunos chicos, perdidos en la inmensidad. Aquellos seres todavía llevaban rastros de absurdo maquillaje blanco, que habían aplicado en sus caras para blanquear su tez, dientes de vampiro falsos sádicamente clavados en las encías, así como signos evidentes de decadencia emo. V debió percibir como posaba mi apesadumbrada mirada en aquellas patéticas criaturas, que luchaban por lo que debía de ser un trapo sucio, un póster medio roto y una carta de amor andrajosa. Reposó su horriblemente cadavérica mano sobre mi hombro derecho, en un intento de establecer un vínculo guía condenado-bloguero.

“Por favor, ô espíritu infernal, no me toques.”

“Los Infiernos son injustos, mi señor, y a menudo son aquellas almas más débiles e inocentes las que sufren los peores castigos. Groupies, fans de Twilight, incondicionales de la moda del vampiro. Aquí permanecen, atrapadas en su eterna adoración por aquello que no debe ser nombrado.”

“Ya, lo sé, que palo. Pero por favor, ¿podrías quitarme la mano del hombro? Estás frío y hueles a muerto.”

Twilight es una especie de catalizador en el que se cristaliza la flor y nata de la tontería humana. Encontré de todo: góticas ajadas, emo-girls, madres de familia neuróticas, antiguos fans de Jonas Brothers y Miley Cyrus – y posiblemente todos aquellos que vieron Cruel Intentions y pensaron que era buena. Es una comunidad abierta a todos, a condición de dejar el cerebro bien guardadito en el vestuario de forma permanente, porque pesa demasiado y, de todas formas, no lo van a necesitar cuando pasen por el proceso de adoctrinamiento. Tras garabatear unas notas en mi cuaderno de apuntes, las criaturas se me acercaron, arrastrándose lastimosamente por el suelo, babeando, con la cara trastornada por la locura y la desnutrición – sólo beben leche, porque Edward está en contra de la sangre. Me ofrecieron la posibilidad de unirme a ellas y de adorar a Robert Pattinson en todo su marmóreo esplendor. Rechacé la oferta educadamente, pateando un par de cráneos y gritando cortésmente que, por favor, se alejaran de mí.


Pero no importa cuántas mates, siguen apareciendo más y más.

Para ellas, y me di cuenta durante mis viajes, Twilight es, a diferencia de lo que sugiere el título de la serie, la iluminación, la opera prima que regirá sus vidas, “el mejor libro de todos los tiempos, oh dios mío” y por lo tanto “la mejor película de mi vida, sí, sí, te lo juro por los pectorales de Jacob tía”. Por desgracia, no parece que lean nada más o vean otras películas, de lo contrario sabrían que un licántropo no es una bebida y reconocerían el nombre de Jonathan Harker – y no, no es un antiguo miembro de los Back Street Boys. Me apiadé pues de sus almas y les di mi bendición antes de proseguir mi camino junto a V, que remugaba en latín no sé qué de una vida pasada en la que no olía a cadáver.

Salimos al cabo de unas horas de las Llanuras del Llanto, y nos adentramos en el Segundo Círculo o, como lo llamó mi guía, el Templo de la Leche Vampírica. Era un gigantesco edificio rococó, decorado con sumo mal gusto, al estilo de algún fantasioso castillo de manga japonés para niñas. Pude notar la pretensión vampírica de aquel lugar, en las sedosas telas que colgaban de sus muros o en lo que debía ser un estanque lleno de sangre. Digo “debía ser” porque no estaba lleno de sangre, sino que rebosaba de otro líquido. Concretamente, leche.

“Virgilio, esto no tiene sentido.”

“Pocas cosas tienen sentido en el Infierno, mi señor, por eso lo llamamos Infierno.”

“Tu lógica es aplastante. Puedes tocarme el hombro durante tres segundos, te lo mereces.”

“Gracias, mi señor.”

Mientras V saciaba sus necesidades afectivas con mi hombro – a nivel de lo estrictamente profesional – continué caminando a lo largo de aquel lácteo estanque, observándolo con asombro y preguntándome que ser demente sería capaz de construir algo así. Y luego se apareció ante mí. La Bestia de Cuatro Cabezas. Había oído hablar de ella, aunque sólo en los últimos instantes de delirio de aquellos pobres diablos moribundos, que habían cometido la insensatez de ver las  películas de Twilight seguidas sin ser yo y sin disponer de mis admirables recursos humorísticos para superar sus propias pesadillas. Las cabezas de los cuatro directores me miraron, intrigadas por mi aparente salud mental. En el país de los dementes, el bloguero es rey.

“Hola, me llamo César Borgia, no el de verdad, sólo es un apodo para que mis lectores no me persigan pidiendo mi cabeza o un autógrafo. Estoy escribiendo un artículo sobre todo…esto. ¿Le importaría ser tan amable de contestar a unas preguntas?”

“Por supuesto que no, os lo ruego.”

“Bonito estanque.”

“¡Ja! ¿Verdad? Lo construimos para el Amo, es su bañera vampírica.”

“Tenía entendido que los vampiros se bañaban en sangre. Tendré que consultar mis fuentes, obviamente, pero diría que Bram Stoker y Anne Rice fueron muy claros al respecto.”

“Bueno, sí, pero tenían su público. Principalmente adolescentes marginados con ansias de vivir en un limbo vital desde el que poder abrazar su oscuridad interior…pero eso no es un comportamiento vampírico.”

“¿Le importaría definir lo que, a su parecer, es un comportamiento vampírico digno?”

“Faltaría más. Un vampiro digno respeta la vida, vive de día, va a clase y lo hace todo como los humanos. No bebe sangre, porque eso iría en contra de las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo. Si le da el sol, no arde como una antorcha, sino que brilla un poquito y su piel suelta purpurina. A veces mueren, pero cuando ocurre no explotan en pedazos, ni pierden sus miembros en un festival de entrañas y efectos gore. No, nada de eso, un buen vampiro se convierte en piedra.”

“¿Por qué tengo la impresión de que su universo “original” es una copia integral de Vampiro La Mascarada, pero sin el genial factor urban punk, la sangre, la violencia y toneladas y toneladas de sexo, tanto implícito y explícito?”

“No diga sandeces, eso no le gusta nadie. ¿Violencia? ¿Crueldad? Los vampiros son samaritanos, fueron creados como modelo de virtud. El sexo y la violencia destruirían su razón de ser.”


“Y tras compartir algodón de azúcar en la feria, iremos a cenar a casa de tus padres.”


“Pero es que esa es su razón de ser. Sus vampiros no son más que monaguillos con supervelocidad y una aparente incapacidad para usar armas. Ni tan siquiera tienen los dientes característicos de su estirpe. ¿No opina que es un poco frustrante?”

“Vale, un poco. Pero teníamos que respetar el contrato.”

“Y ahora están atrapados aquí. Fusionados en un solo cuerpo, hablando los cuatro a la vez y rodeados de leche. Está claro que han salido ganando, les felicito.”

“Vaya, muchas gracias. ¡Adiós!”

Tras comprobar que el mundo de Twilight es tan inmune al sarcasmo como a la calidad literaria, me encaminé junto a V hacia la salida de aquel lugar maldito, hasta que atravesamos los grandes portones guardados por estatuas desnudas – y debidamente censuradas. Lentamente, nos adentramos en el Tercer Círculo, y yo sentía que, poco a poco, me iba acercando a mi objetivo final. El Secreto pronto sería mío. De repente, tras superar un pequeño promontorio, nos encontramos frente a una inmensa extensión de colinas y pequeñas elevaciones de color ocre, con cielos tormentosos y anaranjados rugiendo encima de nuestras cabezas. A pesar de todo, pude sentir cierta calidez, hasta que empecé a sudar en abundancia. Y luego, notando como V se frotaba desesperadamente contra el suelo, me di cuenta de la verdad. Aquello no eran colinas, eran ondulantes pectorales. Cientos de ondulantes pectorales dispuestos al azar, sudorosos y firmes. Luchando contra la invasión de testosterona, seguí caminando. Saciado su apetito por el contacto humano, Virgilio volvió junto a mí, con la misma cara que un yonki que acaba de recibir su chute diario.

“Mi señor, para proseguir, debéis superar la Prueba del Guardián. Sólo los puros pasarán.”

“¿Los puros? Creía que esto era el Infierno.”

“Cuestión de perspectiva, mi señor.”

Al cabo de poco, el Guardián se apareció ante mí, en el medio de dos gigantescos abdominales y un tríceps. Le reconocí al instante, porque ya le había visto en un póster de la habitación de mi hermana. Era Jacob. Me miraba fijamente, clavando sus ojos en los míos, con esa expresión tan suya, entre “te voy a matar y luego violaré tu cadáver” y “me gustas, quiero estar contigo”. Superando mi miedo natural a ser despedazado por un hombre lobo – ocurre todos los días –, le devolví la mirada. Empecé a sentirme raro. Pude observar su cuerpo perfecto, sus esculturales músculos y sus poderosos hombros. Me quedé asombrado ante la pulcritud de su piel y aquel admirable pecho de movimientos sinuosos y varoniles. Entonces entendí que estaba excitado y que había caído en su armonioso embate. Dividido entre la necesidad de salir corriendo y la de seducirle para que me dijera como conseguir aquellas formas, me quedé quieto, inmovilizado por aquella mirada penetrante y haciéndome toda clase de preguntas sobre si mi orientación pro-señoras. Podría haberme quedado ahí durante horas, olvidándome atender necesidades básicas, como comer, dormir o respirar.


“Los espejos son mis peores enemigos.”

Luego me di cuenta. Para ser una serie que aborrece la tentación en todas sus formas, aquellos altos niveles de incremento hormonal no eran normales. Siendo mujer y nada sospechosa de andar por las sendas malditas de la homosexualidad, Bella no tuvo grandes problemas en resistirse a la perfección herculina de Jacob. Lo que debía significar que, aunque la elección de los actores denote la perversión disimulada en el controvertido subconsciente de los responsables (y de la autora), el aspecto físico era un elemento irrelevante para el auténtico fan, que sólo buscaba la pureza y buenas intenciones del hombre lobo, ignorando su atractivo bestial con capacidad para seducir a ambos sexos. El fan de Twilight no piensa en todo eso. Seguro que no.

Reconociendo mi sabiduría, Jacob me dejó continuar mi camino, no sin antes permitir que le tocara los abdominales, como recompensa por mi resistencia. Pero, por supuesto, olí la trampa y me negué. En vez de eso, le pedí su número de teléfono, porque nunca se sabe.

Al salir de las Colinas de los Pectorales Ondulantes, penetramos en el Cuarto Círculo, el temible Paso del Amor Pegajoso. Este bloguero ha visto muchos horrores en su vida, muchos de ellos inventados y exagerados para el beneficio de mis queridos lectores, pero sin duda ninguno estaba a la altura del Paso del Amor Pegajoso. Caminando entre grandes montañas de caramelo que supuraban miel y azúcar líquido, pude ver distintivamente varias sombras, que se escondían tras las rocas. Siempre iban de dos en dos, sin separarse, parecían…cansadas. Escuchaba sus cuchicheos, sus risitas y sus sollozos.

Algunas se abrazaban, otras discutían. Tras un árbol de regaliz, triste y caído, observé como una parejita miraba una película en un PC portátil de pequeño tamaño posado en el regazo de ambos, compartiendo auriculares y haciéndose mimos. Otras dos sombras andaban por el camino, cogidas de la mano y comentando lo mucho que se querían, para acabar tirándose de lo alto de un puente. Lógico. Había una sombra solitaria, en frente de su ordenador, jurando amor eterno a otra sombra vía Facebook y disfrutando de la distancia que les separaba. Me costaba caminar, pues mis pies se quedaban pegados al viscoso suelo. Sentí náuseas y ganas de vomitar. Virgilio me miró apenado, aunque creo que estaba triste porque en ese momento deseaba tener una relación más estrecha con mi persona, visiblemente afectado por el Amor Pegajoso que cubría aquel lugar. Pero yo sabía que debía continuar, porque una relación seria con V sería imposible. En el lugar más elevado del paso, había una pareja más grande que las otras, que parecía gobernar aquel cúmulo de despropósitos.

“Virgilio, ¿por qué aquel hombre de 109 años de edad mantiene una relación vampírico-lácteo-sexual con una adolescente de 16 años?”

“Por amor sin duda, mi señor.”

“Un poco enfermizo el nene.”

“¿Mi Señor?”

“Si tras 109 años de búsqueda activa en varios continentes no ha podido encontrar nada mejor que la hija adolescente del sheriff de un pueblo medio muerto del norte de los Estados Unidos, que ni tan sólo aspira a ir a la universidad, debería dejar de esforzarme. Quiero decir, está claro que por mi cuenta jamás encontraré el amor.”

“Mi señor, claro que no, usted mismo lo ha dicho, es bloguero.”

“¿Te estás mofando de mi desgracia, ô espíritu infernal?”

Tras tener una disputa con V sobre sus prerrogativas de guía del Infierno – que acabé ganando – , seguimos hablando del tema de Edward y Bella. Tantas preguntas me vinieron a la cabeza que uno no sabría por dónde empezar. ¿Qué demonios ve él en ella? ¿Se arriesgará Edward a ceder a sus impulsos y descuartizar a su amor cuando forniquen por vez primera? ¿Cómo reaccionará cuando Bella tenga la regla? ¿Cómo se puede casar con un hombre de 109 años que no hace nada más que darle órdenes y adoptar un tono paternalista con ella? ¿Cómo encontraron productores para cinco – CINCO –películas?

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¿Por qué tiene la mandíbula de Robert Pattinson forma de caja de zapatos?

Tras la sesión, quedó claro que aquel sombrío destino no era para mí, sino para las hordas de fans ansiosas de volver al siglo 19 y vivir un oscuro romance a la Jane Austen, en la que algún capullo integral llamado Darcy se dedicará a dictar anquilosadas reglas para la relación, cuyo único objetivo es hacer que la mujer se sienta protegida y pueda criar hijos tranquilamente, sin tener que preocuparse de cosas tan molestas como la gestión de su libre-albedrío. Al ser inmune, pude pasar tranquilamente sin que me molestaran las sombras, y así adentrarme en el Quinto Círculo del Infierno de Twilight. Cuando la viscosidad de aquel lugar quedaba ya lejos, llegamos a la Biblioteca de la Consternación.

“Al fin, mi señor, llegamos al fondo de la cuestión…el Secreto se halla ante vos.”

“¿Ya? Creo recordar que el Dante tuvo que atravesar nueve círculos, no cinco, antes de llegar a su objetivo. Me estás engañando, poeta?”

“Dante perseguía a su amada, raptada por el demonio. Usted persigue el Secreto de Twilight. Que quiere que le diga, sólo da para cinco círculos. Y gracias.”

“Touché.”

La Biblioteca de la Consternación era un inmenso edificio. En él, se guardaban todas y cada una de las copias de los libros y DVDs de Twilight vendidos a lo largo de estos últimos años. Sólo había tres ejemplares de libros, así como un par de docenas de ejemplares de DVDs – con todas sus respectivas ediciones especiales y de coleccionista. Tantas páginas concentradas para tan poco argumento y contenido me marearon un poco. Bueno, mucho. Sentí como mis piernas no respondían, y caí pesadamente al suelo, decorado con brillantes citaciones de Edward – como por ejemplo “antes de tu llegada, Bella, mi vida era una noche sin luna”. Intenté cortarme las venas con los dientes, por puro abatimiento. Una mujer demacrada, pequeña, visiblemente afectada se acercó a mí y me ayudó a levantarme.

“Hola, soy Stephenie Meyer, encantada.”

“¡Ah! He aquí la responsable de todo esto.”

“Lo admito, pero estoy pagando el precio de mi osadía. Bienvenido al último Círculo de este Infierno. Imagino que habrá venido a por el Secreto.”

“Imagina bien, criatura de las tinieblas. Dígamelo, para que pueda salir de aquí y continuar leyendo La Historia Interminable.

“Bueno, soy mormona.”

“No me diga.”

“Palabra.”

“Oh. Dios. Mío.”

“Twilight es un manual de adoctrinamiento para la causa mormona. Pronto seremos bastantes para salir de las alcantarillas y conquistar el mundo de los humanos. Lo he visto. Aunque mi castigo es permanecer aquí encerrada para toda la eternidad.”

“Parece justo.”

“Lo es.”

“En cualquier caso, permítame ser el primero en felicitarla. Sus libros han hecho que los vampiros suenen tan eróticos como diseccionar a un gusano. Pasarán décadas antes de que alguien vuelva a fantasear con la escena en la que las hijas de Drácula seducen a Jonathan Harker. Gracias por destruir las personalidades y la dignidad de toda una generación de jovencitas. Eso me da material para seguir escribiendo.”

“Es grato conocer a un admirador. Es necesario que la gente entienda que el sexo antes del matrimonio está mal, que la mujer debe ser sumisa como Bella y que la geronto-pedofilia no tiene porqué ser mala si hay amor puro y verdadero por en medio. Hay que apreciar el dolor y la distancia.”

“¿Bella es usted de joven, no? Creó el personaje para reconocerse en él. Una gran idea.”

“Gracias, es usted un joven perspicaz.”

“No sabe usted cuánto. Bueno, ya tengo lo que quería, ahora me iré”



Al igual que el mundo que ha creado, Stephenie Meyer es inmune al sarcasmo y no puede ser derrotada por los medios de los que disponemos.

Salí de la Biblioteca de la Consternación consternado, como no podía ser de otra forma. Me alegraba un poco saber que Meyer permanecería atrapada toda la eternidad rodeada de literatura mediocre y cine más mediocre todavía, pero en cierta forma sabía que el Mal había ganado. Se han perdido tantas vidas que tardaremos décadas en recuperar el esplendor perdido. Por infame que pueda parecer, deberemos aprender a vivir con esa experiencia que no deseo a nadie, excepto a mis enemigos y a la gente que no conozco – o que conozco pero no mucho. Volví a casa tras horas de viaje y, tras despedirme de Virgilio con un romántico beso, volví a estirarme en la cama y a mirar fijamente el techo de mi habitación, para vivir el resto de mis días con el temor de que una chica me diga: “Seré tu Bella si tu eres mi Edward.

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