De los remakes y otros demonios

Hace unos días, en algún oscuro despacho de Hollywood, se forjó la infamia. Lo han hecho: Blade Runner tendrá secuela, que acontecerá unos 30 años después del final de la última película – porque, aparentemente, cuando vendieron sus almas impuras al diablo, olvidaron incluir en el contrato una cláusula de juventud eterna para Harrison Ford.

Aquellos fans que han optado por no quitarse la vida se han consolado con el hecho de que 30 años después las mujeres ya no llevarán hombreras y con aquello de “bueno, por lo menos no es un remake”. Se han alegrado del hecho de que ningún malvado productor violará su memoria colectiva dándole el papel de Rick Deckard a Ashton Kutchner o Hayden Christensen. O, qué sé yo, a Robert Pattinson.

A menos que sean replicantes. Y que mueran rápido.

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No nos importaría que Deckard le disparara en la cara.

Cómo somos así de majos, en el Armario de César Borgia hemos decidido darles más argumentos para alegrarse, porque en el fondo pensamos que eso de los suicidios colectivos tendría que un recurso típicamente reservado a limpiar el planeta Tierra de fans de Justin Bieber. El arte del remake, por así llamarlo, actualmente consiste en hacer versiones no originales dirigidas por directores de juguete, con actores más jóvenes y con mejores efectos especiales. Los actores más jóvenes suelen ser mucho peores que los originales, ya que todavía no han pasado por el bendito proceso de selección por edad, que elimina del mercado a aquellos que sólo tienen su juventud y sus hordas de groupies para justificar su presencia en la película.


Luke Skywalker en la próxima trilogía de Star Wars, dirigida por Night Shyamalan.

En nombre del remake – y con la pobre pretensión de hacer disfrutar a los más jóvenes con los éxitos del pasado – Hollywood ha producido algunos horrores imperdonables, unos pocos errores pasables y, en algunos casos,  películas tan grotescas que parecen elaborados intentos de ironía y humor negro, por los cuales no puedo hacer otra cosa que no sea felicitar a sus responsables y esperar no equivocarme.

Por si acaso, siempre llevo mi flagelo y mi cilicio a cuestas, para una redención rápida y moderadamente dolorosa.

Como ejemplo, tenemos Cruel Intentions, el remake no oficial de Dangerous Liaisons. Esta última cuenta con la participación de Glenn Close y John Malkovich, mientras que la primera la interpretan Sarah Michelle Gellar – a quién sin duda conoceréis por su alter ego, Buffy Cazavampiros – , Reese Whitherspoon – Una Rubia Muy Legal (sic) – y todo un elenco de actores tan memorables que sus entradas en Wikipedia no tienen ni foto (y eso es todo lo que necesitamos saber). Para acabar de introducir mi argumento, debo aãndir que en Internet Movie Database dicen que Cruel Intentions se inspiró en la obra de Choderlos de Laclos. Cuando fui a ver Sueño de una Noche de Verano al teatro, el director había optado por ambientar la indumentaria y el decorado en los años 60, pero Shakespeare seguía siendo Shakespeare. Si eso es Choderlos de Laclos yo soy un oso panda jugando al frisbee con mi buena amiga, la aspiradora Catalina.


Salvador Dalí : “Felicidades, eso no tiene ningún sentido.”

Como marquesa de Merteuil, principal antagonista y anti-heroína de Dangerous Liaisons, Glenn Close interpreta alguna de las mejores escenas del cine moderno. Buffy es, en cambio, una niña rica norteamericana con daddy issues y delirios de grandeza. Tampoco ayuda nada el hecho de que, dados sus antecedentes, nos veamos obligados a imaginarnos a la marquesa de Merteuil asesinando vampiros a base de patadas voladoras. Orgullo y Prejuicio y Zombies hizo lo propio con Elizabeth Bennet y, como resultado, acabó destruyendo el personaje original de Jane Austen. Pero porque esa era su intención. Orgullo y Prejuicio y Zombies es un libro que podéis encontrar en la sección “cómics” de la Fnac, junto a Barry Trotter y el Bizcocho Dorado y Crepusculón, mientras que Cruel Intentions entra, según IMDb, en la categoría “Thriller, Drama, Romance”.

El papel del anti-héroe y seductor Valmont, personaje épico de la literatura francesa al que todos deseariamos aspirar, interpretado por John Malkovich en la primera, recae un tal Ryan Philippe, cuyo mayor éxito vital fue casarse con Reese Whitherspoon y luego divorciarse de ella, al darse cuenta del error. Y en vez de ser un astuto noble francés con una lengua de oro, es el típico rubito con dinero que se aburre y tiene ganas de intriga. Tantas ganas, que acaba asociándose con Sarah Michelle Gellar, un error en mi opinión, a menos que por intriga entienda “matar vampiros para solaz del público adolescente”. El personaje es un despropósito, una parodia del de verdad, como si Phineas Fox fuera un rapero decidido a dar la vuelta al mundo en su cadillac tuneado para recuperar su street cred’. El duelo final, en vez de con espadas, es a puñetazo limpio, en la calle, en plan “dame tu desayuno o te pego“. La única forma de desvirtuar más el original sería poniendo un anuncio de McDonalds en alguna parte y hacinedo que la marquesa de Merteuil se beba un frapuccino moka tall en vez de una taza de té.


“Te lo ruego, mátame, mátame ahora, te lo pido por favor…”

Francia tiene cosas malas, como el fútbol, el jacobinismo y, de forma general, los franceses. También tiene cosas buenas, como la guillotina – en mi opinión, la máquina de muerte más glamurosa y chic de la historia – y su literatura fetichista.Y sus cosas buenas suelen ser incompatibles con los Estados Unidos de América, porque para apreciarlo necesitas tener algo que los Estados Unidos de América no tienen, y ese algo es estilo. Permite que los norteamericanos y su cultura de masas pongan sus zarpas en lo que queda de cultura de europea, o cultura a secas, y esto…

…se convertirá en esto:

Buen trabajo América, lo has vuelto a hacer.

Ha sonado elitista? Pues de ma da igual, estoy por encima de todo esto. Hollywood es el mal. Rezaremos por Blade Runner, pero me temo lo peor. Por si acaso, tengo el DVD y el póster del original y estoy dispuesto a vivir en un búnker subterráneo. Ahí os veo.


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