El día que el incesto salvó la democracia

La genética es como un martini con vodka. Si lo mezclas, James Bond se lo bebe con ese aire de suficiencia británica que tanto nos gusta y, a continuación, se liga a la chica Bond y salva el mundo. Pero si te limitas a agitarlo, James Bond pierde sus superpoderes (como el de esquivar balas y tener munición ilimitada) y acaba despedazado en una piscina llena de tiburones.


Una típica secuencia de ADN

El incesto es algo así como una piscina llena de tiburones. Si te caes, es mejor que sepas nadar muy rápido. Antes de que esta metáfora pierda completamente su sentido, vayamos al grano. Hay que ir con cuidado con el tema del incesto, porque además de ser un buen motivo para acabar en la hoguera, la monotonía reproductiva y la cosanguinidad suele acarrear problemas de todo tipo.

Un buen ejemplo de ello es Carlos II, alias el Hechizado, probablemente el mayor eufemismo jamás utilizado desde que se acuñó la expresión “evangelización de América”. Según Wikipedia, esa inmensa fuente de sabiduría, Carlos tenía “escaso vigor mental”, que es otro eufemismo para decir que Carlos se comía sus reales mocos.

Carlos era hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, hija de María Ana de Austria, que, además de ser conocida por su originalidad a la hora de escoger nombres, era la hermana de Felipe IV. Exacto, con dos cojones, Felipe IV se casó (y todo indica que “consumó”) con su sobrina, quien debía padecer complejo de Electra de segundo grado. Y no fue un caso aislado. La incestuosa política matrimonial de los Austrias convirtió la dinastía iniciada por Carlos I – un gigante en armadura que acabaría creando las bases del imperio español – en esto:


¡Viene por ti!

Cabe recordar que los pintores de la época tenían tendencia a “embellecer” a sus clientes, para no tener problemas con la monarquía – en esa época bendita, las injurias a la corona se castigaban con un cóctel de tortura y ejecución pública, con guarnición de destierro para toda la família (iban en serio, no como ahora). Decirle al rey, a la cara, que era más feo que una hiena con elefantiasis requería unos huevos de acero y mucho temple, cosa que muy pocos poseen. El pintor de este cuadro, que era uno de esos muchos cobardes, hizo cuantiosos esfuerzos para disimular el hecho que su cliente era trol, hasta que se quedó sin margen de embellecimiento (ese punto en el que el retratado ya no parece al retrato, por mucha imaginación que uno le ponga). A pesar de todo, Carlos II se sigue pareciendo más a un engendro de Cthulhu que a un ser humano, por lo que no queremos ni pensar como sería en la vida real.


Probablemente

Los Austrias son un caso extremo, pero las dinastías reales ya estaban condenadas a mediados del siglo XVIII, porque pasaron seis o siete siglos reproduciendose entre ellas. Y claro, familias reales o de la alta nobleza tampoco hay tantas. Resultado práctico: el porcentaje de incapacitados psíquicos y físicos entre la realeza era inmensamente mayor que entre el resto de la población, a pesar de que nos gusta recordar esos tiempos por sus jorobados, sus leprosos y sus locos de feria (gracias Monty Python).

Además de las relaciones incestuosas y la consanguinidad, la monarquía generalmente también viene con mandato vitalicio, y eso puede llegar a ser un problema. Imaginaos a Belén Esteban como presidenta del gobierno. Durante 40 años. En una época en la que una sequía o una hambruna mataban a la gente por millares. Y en la que los estados estaban constantemente en guerra unos contra otros. Y sin disponer de contrapoderes políticos para limitar los daños colaterales. Pues nos sale algo parecido a la crisis actual, pero cien veces peor, sin ayudas del paro, en guerra contra el vecino – y posiblemente con una guerra civil de por medio – y grandes epidemias de peste negra y viruela matando a centenares de miles de personas. Y lo peor es que Mariano Rajoy no hubiese estado ahí para salvarnos, porque la monarquía absoluta también implica partido único. Total, que en medio de tal distopía, en algún momento la gente se acaba hartando de ser gobernada por pobres imbéciles incapaces de escribir su nombre. Acto seguido, como quien no quiere la cosa, piden la república – y, en ciertas culturas más hardcore, la cabeza del pobre imbécil en cuestión (estamos hablando de ti, Francia).

Incluso hoy, las dinastías están destinadas al fracaso. El rey y la reina del Pop, Madonna y Michael Jackson (D.E.P.), siendo ellos mismos criaturas del abismo, engendraron a la princesa del Pop, alias Britney Spears, una superestrella internacional que un buen día decidió raparse la cabeza “porque eso es lo que quiere el público, ¿verdad?”. Con ello, se acaba degradando todavía más si cabe la estirpe real (por lo menos, en lo que a ventas de discos se refiere). En un claro intento de revertir la tendencia, los herederos actuales han emprendido una campaña de reconquista genética para redorar el blasón de la realeza. En otras palabras, eugénesis positiva. Echad un vistazo a las últimas “seleccionadas”.

No hace falta que digáis nada, sencillamente inmundas y estúpidas. Pero gracias a ellas, la segunda en la línea sucesoria española es una niña rubia de ojos azules, que, de no estar obligada a respetar la tradición (esto es, nombres estúpidos para la realeza), podría llamarse perfectamente Marjorine y vivir en alguna perturbada utopía nacional-socialista. Así pues, la monarquía depende de esta tendencia. A nadie le gusta que su jefe de Estado sea un idiota babeante con cargo vitalicio. Pero, por alguna razón – que no logramos entender –, si la reina es una rubia cañón y además tiene estudios, no pasa nada.


Eugénesis, construyendo un futuro mejor desde 1942

Esperemos que se consoliden los gobiernos del pueblo antes de que vuelvan a mandar los übermenschen del mañana. En definitiva, práctica del incesto es garantía de democracia representativa y de república. Ahí lo dejo.

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