Archivo mensual: marzo 2011

De los remakes y otros demonios

Hace unos días, en algún oscuro despacho de Hollywood, se forjó la infamia. Lo han hecho: Blade Runner tendrá secuela, que acontecerá unos 30 años después del final de la última película – porque, aparentemente, cuando vendieron sus almas impuras al diablo, olvidaron incluir en el contrato una cláusula de juventud eterna para Harrison Ford.

Aquellos fans que han optado por no quitarse la vida se han consolado con el hecho de que 30 años después las mujeres ya no llevarán hombreras y con aquello de “bueno, por lo menos no es un remake”. Se han alegrado del hecho de que ningún malvado productor violará su memoria colectiva dándole el papel de Rick Deckard a Ashton Kutchner o Hayden Christensen. O, qué sé yo, a Robert Pattinson.

A menos que sean replicantes. Y que mueran rápido.

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No nos importaría que Deckard le disparara en la cara.

Cómo somos así de majos, en el Armario de César Borgia hemos decidido darles más argumentos para alegrarse, porque en el fondo pensamos que eso de los suicidios colectivos tendría que un recurso típicamente reservado a limpiar el planeta Tierra de fans de Justin Bieber. El arte del remake, por así llamarlo, actualmente consiste en hacer versiones no originales dirigidas por directores de juguete, con actores más jóvenes y con mejores efectos especiales. Los actores más jóvenes suelen ser mucho peores que los originales, ya que todavía no han pasado por el bendito proceso de selección por edad, que elimina del mercado a aquellos que sólo tienen su juventud y sus hordas de groupies para justificar su presencia en la película.


Luke Skywalker en la próxima trilogía de Star Wars, dirigida por Night Shyamalan.

En nombre del remake – y con la pobre pretensión de hacer disfrutar a los más jóvenes con los éxitos del pasado – Hollywood ha producido algunos horrores imperdonables, unos pocos errores pasables y, en algunos casos,  películas tan grotescas que parecen elaborados intentos de ironía y humor negro, por los cuales no puedo hacer otra cosa que no sea felicitar a sus responsables y esperar no equivocarme.

Por si acaso, siempre llevo mi flagelo y mi cilicio a cuestas, para una redención rápida y moderadamente dolorosa.

Como ejemplo, tenemos Cruel Intentions, el remake no oficial de Dangerous Liaisons. Esta última cuenta con la participación de Glenn Close y John Malkovich, mientras que la primera la interpretan Sarah Michelle Gellar – a quién sin duda conoceréis por su alter ego, Buffy Cazavampiros – , Reese Whitherspoon – Una Rubia Muy Legal (sic) – y todo un elenco de actores tan memorables que sus entradas en Wikipedia no tienen ni foto (y eso es todo lo que necesitamos saber). Para acabar de introducir mi argumento, debo aãndir que en Internet Movie Database dicen que Cruel Intentions se inspiró en la obra de Choderlos de Laclos. Cuando fui a ver Sueño de una Noche de Verano al teatro, el director había optado por ambientar la indumentaria y el decorado en los años 60, pero Shakespeare seguía siendo Shakespeare. Si eso es Choderlos de Laclos yo soy un oso panda jugando al frisbee con mi buena amiga, la aspiradora Catalina.


Salvador Dalí : “Felicidades, eso no tiene ningún sentido.”

Como marquesa de Merteuil, principal antagonista y anti-heroína de Dangerous Liaisons, Glenn Close interpreta alguna de las mejores escenas del cine moderno. Buffy es, en cambio, una niña rica norteamericana con daddy issues y delirios de grandeza. Tampoco ayuda nada el hecho de que, dados sus antecedentes, nos veamos obligados a imaginarnos a la marquesa de Merteuil asesinando vampiros a base de patadas voladoras. Orgullo y Prejuicio y Zombies hizo lo propio con Elizabeth Bennet y, como resultado, acabó destruyendo el personaje original de Jane Austen. Pero porque esa era su intención. Orgullo y Prejuicio y Zombies es un libro que podéis encontrar en la sección “cómics” de la Fnac, junto a Barry Trotter y el Bizcocho Dorado y Crepusculón, mientras que Cruel Intentions entra, según IMDb, en la categoría “Thriller, Drama, Romance”.

El papel del anti-héroe y seductor Valmont, personaje épico de la literatura francesa al que todos deseariamos aspirar, interpretado por John Malkovich en la primera, recae un tal Ryan Philippe, cuyo mayor éxito vital fue casarse con Reese Whitherspoon y luego divorciarse de ella, al darse cuenta del error. Y en vez de ser un astuto noble francés con una lengua de oro, es el típico rubito con dinero que se aburre y tiene ganas de intriga. Tantas ganas, que acaba asociándose con Sarah Michelle Gellar, un error en mi opinión, a menos que por intriga entienda “matar vampiros para solaz del público adolescente”. El personaje es un despropósito, una parodia del de verdad, como si Phineas Fox fuera un rapero decidido a dar la vuelta al mundo en su cadillac tuneado para recuperar su street cred’. El duelo final, en vez de con espadas, es a puñetazo limpio, en la calle, en plan “dame tu desayuno o te pego“. La única forma de desvirtuar más el original sería poniendo un anuncio de McDonalds en alguna parte y hacinedo que la marquesa de Merteuil se beba un frapuccino moka tall en vez de una taza de té.


“Te lo ruego, mátame, mátame ahora, te lo pido por favor…”

Francia tiene cosas malas, como el fútbol, el jacobinismo y, de forma general, los franceses. También tiene cosas buenas, como la guillotina – en mi opinión, la máquina de muerte más glamurosa y chic de la historia – y su literatura fetichista.Y sus cosas buenas suelen ser incompatibles con los Estados Unidos de América, porque para apreciarlo necesitas tener algo que los Estados Unidos de América no tienen, y ese algo es estilo. Permite que los norteamericanos y su cultura de masas pongan sus zarpas en lo que queda de cultura de europea, o cultura a secas, y esto…

…se convertirá en esto:

Buen trabajo América, lo has vuelto a hacer.

Ha sonado elitista? Pues de ma da igual, estoy por encima de todo esto. Hollywood es el mal. Rezaremos por Blade Runner, pero me temo lo peor. Por si acaso, tengo el DVD y el póster del original y estoy dispuesto a vivir en un búnker subterráneo. Ahí os veo.


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Alguien tenía que decirlo: Sauron tenía razón

Si la guerra es una continuación de la política por otros medios, la política el arte de de gobernar y el gobierno la habilidad de distribuir los recursos de los que se dispone de forma eficiente, la guerra no es sino la consecuencia de una insufiencia de recursos o de una mala administración de estos. Tomaros un tiempo para releer la frase y continuad cuando la hayáis entendido, es importante. Si no lo hacéis, Dios matará a un gatito.


Este gatito

Hay quienes pondrán en entredicho mi derecho y criterio a la hora de aplicar las ideas de Clausewitz al arte de la guerra en la Tierra Media. Pero, en mi papel de mayor fan autodeclarado del prusiano, creo sinceramente que Clausewitz es como Maquiavelo o Freud con el día marcial, esto es, todo lo puede y todo lo explica – además de ser, en muchos aspectos, mejor que el porno.


Playboy Magazine, circa 1830

Bien, teniendo en cuenta que Sauron es el heraldo semi-divino de Morgoth, hermano directo de Eru Iluvatar – aka dios de dioses y creador del Mundo –, que tiene unos seis mil años de experiencia laboral y que es el inventor de los anillos de poder, creo poder asumir con cierta tranquilidad que no es del todo estúpido. Con ese currículum está muchísimo más capacitado para dirigir un país que Leire Pajín, que bajo su reinado no pasaría de panadera hobbit. Luego, la Guerra del Anillo no se debe a una mala gestión de recursos por parte de Mordor, sino a lo otro.

Hechos comprobados: Mordor es una llanura esteril, de donde emanan gases tóxicos, con una gran volcán activo en el centro. Todo el país es una gran extensión de cenizas, polvo y rocas. Todo su territorio está rodeado por montañas infranqueables. Sólo hay dos salidas practicables: la primera, la Puerta Negra, es un oscuro portón del tamaño y peso de un pequeño portaviones. La segunda salida es un pasaje estrecho en el que habitan arañas gigantes devorapersonas. La única fuente de alimentación para los centenares de miles de orcos que habitan la región es la carne…de otros orcos. Supongo que no se trata de casos aislados de canibalismo, sino de métodos estándar – la agricultura no es una solución, pues harían falta veintiocho PACs y mucha lluvia (de agua, no de escombros volcánicos) para hacer crecer algo en la planície de Gorgoroth.


Arriba: tierras de cultivo

Continentes enteros han ido a la guerra por mucho menos.

Porque en este mundo todo tiene reglas, una guerra justa requiere una autoridad legítima, una causa justa y una recta intención (Francisco de Asís dixit). Ser el equivalente mordoriano de Jesucristo constituye una fuente de legitimidad más que suficiente. Además, Sauron es el jodido Señor de los Anillos, el tipo que da el nombre a la saga, y el único personaje de Tolkien que aparece en todos sus libros. En cuanto a sus razones, nadie llegó a entenderle, un hecho lamentable. Lo cierto es que Sauron es el chico bueno de la historia. ¿Porqué? Pues porque la historia se llama El Señor de los Anillos, y no Aragorn y la Busca de la Hombría Perdida o Frodo se Va de Marcha. Y punto. El Padrino se llama así porque su prota es un padrino de la mafia. Si no fuese el caso, se llamaría Hay que Acabar con la Família Corleone y habría sido dirigida por Spielberg en vez de Coppola – y en vez de una cabeza de caballo, habría usado una de velociraptor. Los libros del Señor de los Anillos cuentan la noble lucha de Sauron por liberar a su pueblo de la opresión a la que es sometido y que obliga a sus ciudadanos a comerse entre ellos para sobrevivir.

Es de justícia. Mientras unos viven aglutinados en un estado de miseria post-apocalíptica, los otros viven en bonitas ciudades en las que todo el mundo es guapo y bien nacido. Mientras que unos se dedican a hablar todo el día como fueran personajes de Shakespeare y correr tras las doncellas élficas, los otros deben hacer un esfuerzo por morir cuanto antes y así no tener que sobrevivir patéticamente entre montones de basura. Por obligación. Porque a la que intentan salir, les cazan como conejos. Y aunque los orcos tengan la decencia de coger prisioneros de guerra de vez en cuando, los humanos y elfos nunca  harían lo mismo con ellos. Sencillamente los ejecutarían por “feos” y por “malos”. Y por pobres.

Terribles verdades se esconden tras la aparente belleza del mundo de Tolkien. Sustituid “elfos y hombres” por “burgueses” y “orcos” por “proletarios” o “sucia plebe”. Obtendreis una descripción sorprendemente precisa de la sociedad industrial de principios de siglo. Lo cierto es que Tolkien era ferviente católico conservador y anti-comunista declarado. De hecho, manifestó en repetidas ocasiones su apoyo por las ideas franquistas durante la guerra civil, en gran parte debido al anticlericalismo republicano y sus principales pasatiempos, como el que quemar iglesias. También estaba opuesto a la tecnología –iba en bici a todas partes, cual diputado verde – y a la modernidad, hecho que plasmó en su obra, convirtiendo Mordor en una alegoría de la destrucción de los paisajes naturales de la campiña inglesa por culpa de los fuegos y los humos de la industria.

Aunque pueda parecer un poco hippie y Greenpeace-friendly, lo que Tolkien quería en realidad era detener el cambio que se produjo en la vieja sociedad europea y evitar que las massas incultas, iconoclastas e indisciplinadas – también conocidas como “orcos” – salieran de su estado de servidumbre y se liberaran, consumiendo la civilización con su estupidez. Yo también temo la estupidez de mis semejantes, pero de ahí a dar apoyo a los profetas teóricos del decrecimiento hay todo un trecho. A medio camino entre un Amish y un Requeté Carlista, Tolkien debía ser todo un ejemplo de gilipollez anacrónica – pero como se graduó primero de su clase en Oxford, le medio-perdonamos. Además, según los últimos informes los canis y las chonis siguen sin dominar el mundo, por lo que los temores de Tolkien eran infundados. Pero por si acaso, las atalayas de Gondor siguen vigilando el horizonte.


Nos nos pillarán desprevenidos

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El día que el incesto salvó la democracia

La genética es como un martini con vodka. Si lo mezclas, James Bond se lo bebe con ese aire de suficiencia británica que tanto nos gusta y, a continuación, se liga a la chica Bond y salva el mundo. Pero si te limitas a agitarlo, James Bond pierde sus superpoderes (como el de esquivar balas y tener munición ilimitada) y acaba despedazado en una piscina llena de tiburones.


Una típica secuencia de ADN

El incesto es algo así como una piscina llena de tiburones. Si te caes, es mejor que sepas nadar muy rápido. Antes de que esta metáfora pierda completamente su sentido, vayamos al grano. Hay que ir con cuidado con el tema del incesto, porque además de ser un buen motivo para acabar en la hoguera, la monotonía reproductiva y la cosanguinidad suele acarrear problemas de todo tipo.

Un buen ejemplo de ello es Carlos II, alias el Hechizado, probablemente el mayor eufemismo jamás utilizado desde que se acuñó la expresión “evangelización de América”. Según Wikipedia, esa inmensa fuente de sabiduría, Carlos tenía “escaso vigor mental”, que es otro eufemismo para decir que Carlos se comía sus reales mocos.

Carlos era hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, hija de María Ana de Austria, que, además de ser conocida por su originalidad a la hora de escoger nombres, era la hermana de Felipe IV. Exacto, con dos cojones, Felipe IV se casó (y todo indica que “consumó”) con su sobrina, quien debía padecer complejo de Electra de segundo grado. Y no fue un caso aislado. La incestuosa política matrimonial de los Austrias convirtió la dinastía iniciada por Carlos I – un gigante en armadura que acabaría creando las bases del imperio español – en esto:


¡Viene por ti!

Cabe recordar que los pintores de la época tenían tendencia a “embellecer” a sus clientes, para no tener problemas con la monarquía – en esa época bendita, las injurias a la corona se castigaban con un cóctel de tortura y ejecución pública, con guarnición de destierro para toda la família (iban en serio, no como ahora). Decirle al rey, a la cara, que era más feo que una hiena con elefantiasis requería unos huevos de acero y mucho temple, cosa que muy pocos poseen. El pintor de este cuadro, que era uno de esos muchos cobardes, hizo cuantiosos esfuerzos para disimular el hecho que su cliente era trol, hasta que se quedó sin margen de embellecimiento (ese punto en el que el retratado ya no parece al retrato, por mucha imaginación que uno le ponga). A pesar de todo, Carlos II se sigue pareciendo más a un engendro de Cthulhu que a un ser humano, por lo que no queremos ni pensar como sería en la vida real.


Probablemente

Los Austrias son un caso extremo, pero las dinastías reales ya estaban condenadas a mediados del siglo XVIII, porque pasaron seis o siete siglos reproduciendose entre ellas. Y claro, familias reales o de la alta nobleza tampoco hay tantas. Resultado práctico: el porcentaje de incapacitados psíquicos y físicos entre la realeza era inmensamente mayor que entre el resto de la población, a pesar de que nos gusta recordar esos tiempos por sus jorobados, sus leprosos y sus locos de feria (gracias Monty Python).

Además de las relaciones incestuosas y la consanguinidad, la monarquía generalmente también viene con mandato vitalicio, y eso puede llegar a ser un problema. Imaginaos a Belén Esteban como presidenta del gobierno. Durante 40 años. En una época en la que una sequía o una hambruna mataban a la gente por millares. Y en la que los estados estaban constantemente en guerra unos contra otros. Y sin disponer de contrapoderes políticos para limitar los daños colaterales. Pues nos sale algo parecido a la crisis actual, pero cien veces peor, sin ayudas del paro, en guerra contra el vecino – y posiblemente con una guerra civil de por medio – y grandes epidemias de peste negra y viruela matando a centenares de miles de personas. Y lo peor es que Mariano Rajoy no hubiese estado ahí para salvarnos, porque la monarquía absoluta también implica partido único. Total, que en medio de tal distopía, en algún momento la gente se acaba hartando de ser gobernada por pobres imbéciles incapaces de escribir su nombre. Acto seguido, como quien no quiere la cosa, piden la república – y, en ciertas culturas más hardcore, la cabeza del pobre imbécil en cuestión (estamos hablando de ti, Francia).

Incluso hoy, las dinastías están destinadas al fracaso. El rey y la reina del Pop, Madonna y Michael Jackson (D.E.P.), siendo ellos mismos criaturas del abismo, engendraron a la princesa del Pop, alias Britney Spears, una superestrella internacional que un buen día decidió raparse la cabeza “porque eso es lo que quiere el público, ¿verdad?”. Con ello, se acaba degradando todavía más si cabe la estirpe real (por lo menos, en lo que a ventas de discos se refiere). En un claro intento de revertir la tendencia, los herederos actuales han emprendido una campaña de reconquista genética para redorar el blasón de la realeza. En otras palabras, eugénesis positiva. Echad un vistazo a las últimas “seleccionadas”.

No hace falta que digáis nada, sencillamente inmundas y estúpidas. Pero gracias a ellas, la segunda en la línea sucesoria española es una niña rubia de ojos azules, que, de no estar obligada a respetar la tradición (esto es, nombres estúpidos para la realeza), podría llamarse perfectamente Marjorine y vivir en alguna perturbada utopía nacional-socialista. Así pues, la monarquía depende de esta tendencia. A nadie le gusta que su jefe de Estado sea un idiota babeante con cargo vitalicio. Pero, por alguna razón – que no logramos entender –, si la reina es una rubia cañón y además tiene estudios, no pasa nada.


Eugénesis, construyendo un futuro mejor desde 1942

Esperemos que se consoliden los gobiernos del pueblo antes de que vuelvan a mandar los übermenschen del mañana. En definitiva, práctica del incesto es garantía de democracia representativa y de república. Ahí lo dejo.

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