El Modernillo

El Modernillo, también conocido como gafapasta, bohemio o, simplemente, imbécil con dinero es ese personaje con sombrero, barba de tres días, pañuelo andrajoso (pero de diseño) al cuello y peinado al estilo “me-acabo-de-levantar-de-la-cama”, que va por la vida sintiendo asco por la sociedad de consumo y el capitalismo. En el fondo, ignora que, con apenas 25 años, dicha sociedad se lo ha dado todo y más, porque su papá trabaja en las finanzas y su mamá dirige una escuela de negocios privada en Paseo de Gracia. Es el xenotipo de politólogo más numeroso, porque “estudio políticas y tal…” siempre queda más moderno y guay que “estudio mecánica de fluidos, ¿has visto mi inhalador?”.

El modernillo es siempre una persona joven, ya sea por edad, ya sea porque sufre de un caso más o menos grave de síndrome de Peter Pan. Esos dos motivos no son excluyentes: de hecho, uno suele llevar al otro, por necesidad. Cuando tu vida revuelve entorno a la “industria del ocio” (es un trabajo), tienes que aparentar juventud. Si te descuidas, alguien podría descubrir que eres una persona adulta de 45 años y que no vales para enseñar surf a los chavales, o acostarte con las chavalas. Aparentemente, acostarte con tu monitor “mola”, pero acostarte con tu padre, o alguien que podría serlo, es “cutre” y, según nos informan nuestros consejeros en moral pública, “polémico”. Ser joven es pues esencial si el modernillo no quiere acabar engrosando las colas del INEM cuando en la entrevista de trabajo le pidan experiencia laboral. Y no, el surf y la promoción de fiestas estudiantiles no cuentan como experiencia laboral. A menos que tu futuro jefe sea un adolescente de 16 años, algo que no suele pasar, a menos que tu futuro jefe sea un personaje de manga.

Además de joven, el modernillo es un personaje etéreo e intelectualoïde. Es muy importante para él ser percibido como una especie de ser que ha trascendido la materia, seguramente en un intento de burlar el paso del tiempo y la vejez. Dice que lee a Dostoïevsky y Joyce por placer y en versión original (algo científicamente imposible), escucha a Paco Ibáñez por la calidad de su música y por su ritmo (a pesar de que toda su discrografía quepa en dos o tres acordes de guitarra) y, en ARCO, se extasia ante una barra de metal oxidado y torcido, con pintura roja para simular sangre, puesto a la vertical sobre una peana, con una inscripción que reza “‘Consumerism’, por Terence KM, precio de compra: 30.000 euros”. Parece sobrevolar la vida montado en un manto de ligereza, flotando en el vacío, extraño a la fuerza de la gravedad social, pero atraído por ella en su momento final, asteroïde de despropósitos destinado a estrellarse contra algún cuerpo celeste (preferiblemente, una estrella ardiente). Ese desapego a la sociedad, a la que tanto critica por su superficialidad y sus exigencias, es el origen de esa magia, de sus ganas de “vivir”, de ese aura radiante que tanto nos motiva a la hora de partirles la cara. Oh, sí.

 

Dice ser: demasiado guay y moderno para ser tu amigo

Desea secretamente: hallar la fuente de la eterna juventud (y, presumiblemente, bebérsela con vodka y redbull en un cóctel llamado “Kafka Sunrise”)

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