Dime que dibujos animados viste de pequeño y te diré cual es tu relación con el poder

Cuando tenía 11 años de edad, mientras miraba lo que debía ser el episodio 500 y pico de Dragon Ball, Son Goku se transformó en mono gigante rosa, con pelo negro, ojos rojos y cola prensil. Y además iba vestido como un monje budista. Con un suspiro, mi pequeño yo se dijo para sus adentros “hasta aquí hemos llegado” y, acto seguido, apagó la tele.

Mi yo actual, el dotado de grandes cantidades de tiempo libre”, de las que no disponía en su pre-adolescencia (triste sin duda), debido a su “trabajo, ha decidido indagar sobre esta cuestión. Mi gesto despectivo hacia un monumento de los dibujos animados de nuestra infancia como es Dragon Ball fue debido al hartazgo. Cualquiera se habrá dado cuenta que los dibujos animados que más éxito tienen entre nuestra descarriada juventud son aquellos en que los personajes empiezan siendo una niñatos incompetentes para convertirse lentamente en niñatos más y más competentes (aunque nunca dejan de ser niñatos). Dichos dibujos animados siguen siempre el mismo esquema: el personaje principal se entrena, lucha, vence a sus enemigos, hasta que llega un enemigo demasiado poderoso, tras lo cual se entrena un poco más, adquiere más fuerza, y le vence. Y luego otro enemigo más poderoso aparece, el héroe se vuelve a entrenar y la cosa sigue hasta que el dibujante del manga muere de soledad, de viejo o de infarto mientras fornicaba con un robot/muñeca inchable vestida de colegiala en un love hotel de Tokio (generalmente ocurren las tres cosas a la vez). Llegados al final del recorrido, nuestros héroes han pasado de jovencitos con el cinturón amarillo de karate a dioses de la muerte con cola de gato, alas de mosca, capaces de escupir fuego por la boca mientras luchan al estilo Matrix, volando y comiendo arroz a la vez (eso sí, siguen siendo pervertidos con una inexplicable obsesión con las braguitas usadas).

 

En otro esquema, popularizado por los Power Rangers, los protagonistas son payasos de feria vestidos con colores primarios muy vistosos, cuya principal táctica consiste en dar volteretas y patadas al aire sobre las cabezas de sus “enemigos”, hasta que estos deciden autodestruirse para no contemplar como siglos de tradición en artes marciales son descuartizados sin piedad por cuatro yankees con nombres cutres (no tiene relación con el tema, pero es notable el hecho que, en los Powers Rangers originales, el afro-americano va vestido de negro, la asiática de amarillo y la niña pija de rosa. Ah, y el jefe Power Ranger va de blanco. Sin duda es mera coincidencia). Bueno, pues cuando han acabado de convencer a sus enemigos para que se quiten la vida, el malo malote envía a un monstruo. Momento en el que los Power Rangers salen volando por los aires debido al inconmensurable poder de su nuevo adversario, a pesar de que la armadura de este suele estar hecha de papier mâché. En ese instante desefundan sus armas, porque, obviamente, las patadas al aire y las volteretas ya no bastan. Unos pocos petardos más tarde, el monstruo decide que para ganar, tiene que multiplicar su tamaño por cincuenta. Y lo hace. Los Powers Rangers deciden entonces invocar un gran robot de combate con espada y pintas de samurai. El espectador se pierde en el razonamiento lógico, el robot se carga al monstruo, y los Power Rangers lo celebran con una pijama party multiracial. Y en menos de cinco minutos, sin darnos cuenta, hemos pasado de pataditas voladoras a robots gigantes con los cuales los Power Rangers podrían esclavizar la Tierra y sus habitantes, si no fuera porque son unos jodidos samaritanos. Si yo tuviera un robot gigante España no se rompería, eso os lo aseguro.

 

Los storyboards de los episodios del modelo Dragon Ball y del modelo Power Rangers son muy similares. Obedecen al mismo principio que toda buena carrera armamentística : la única forma de neutralizar los misiles del adversario es contruyendo misiles más potentes y de mayor alcance, lo único mejor que un cañón del calibre 150 es un cañón de calibre 200, y lo único capaz de vencer a un robot gigante es un robot gargantuesco. La idea que estos dibujos animados/series infantiles transmiten a los niños es que quien la tenga más grande siempre gana. Para que luego nos extrañemos de que nos salgan pequeños dictadores falócratas.

Ahora echemos un vistazo a los dibujos animados típicamente “para niñas”, como, por ejemplo, Mi Pequeño Pony o los Osos Amorosos. Ambos dibujos animados se basan en la misma idea : en un mundo mágico en el que todo es amor, un terrible mal se cierne sobre sus indefensas gentes. Tras horas de ardua investigación in Wikipedia, he aquí el resultado:

El malo de los Osos Amorosos se llama Sin Corazón. Y no en el sentido “soy un hombre de hojalata y no tengo corazón” sino más bien “no tengo corazón porque estoy compuesto a partes iguales de oscuridad y desesperación”. Sin Corazón está sin duda alguna en el Top 5 de los seres más malvados jamás mencionados, justo entre Sauron y la banda de Mecano: dejando de lado que vive en un castillo redeado de nubes negras, no tiene cara y se dedica a succionar las buenas intenciones y la felicidad de los niños (rollo pederasta incluido). Es una especie de dementor, pero a lo bestia. Además tiene el poder de cambiar de forma, por lo que ¡puede perfectamente convertirse en José Maria Aznar y escribir para FAES! Si amigos, es un ser verdaderamente terrible.

Y sin embargo siempre es derrotado. ¿Por quién? Pues por Osos Amorosos. No osos polares capaces de arrancarle la cabeza de un mordisco, no. Ositos. Ositos de colores. Ositos que no tienen otra habilidad que la de amarse y darse abrazos unos a otros, todo el día. Ositos que viven en las nubes. Sus principales actividades consisten en echar fiestas de cumpleaños sin alcohol y hornear pastelitos. Y nuestro terrible hechicero cambiaformas pierde ante ellos, porque, básicamente, cada vez que está a punto de finalizar algún diabólico plan, los Osos Amorosos le rocían con rayos luminosos de amor que salen de sus vientre peluditos, y eso le obliga a retirarse. ¡Hurra, otra victoria para el amor y la amistad!

Y ahora le toca a Mi Pequeño Pony. Nunca he visto los dibujos animados en la tele, pero conozco a mucha gente que tenia alguno de esos animales de colores corriendo por la casa, muñecos cuya única finalidad era ser peinados (hasta que, de tanto peinarlos, se les caía el pelo y mamá te compraba otro para secar tus lágrimas). Ponyland (así se llama su tierra) se halla bajo la constante amenaza de Tirek, el resultado de una mezcla de cabra, caballo y ser humano, un auténtico engendro satánico venido directamente del infierno de Dante, diseñado exclusivamente para provocarte horribles pesadillas. Tirek vive en el Castillo de Medianoche, desde el cual se dedica a capturar ponies, para transformarlos mediante el Poder de la Oscuridad y convertirlos en dragones esclavos oscuros para su Carruaje de la Oscuridad, alimentado mediante Energía Oscura que Oscurece todo lo que toca. Tirek es como Satanás atravesando un época emo/goth con dragones esclavos para servirle. Pero los ponies siempre acaban venciéndolo.

Por si no habéis nunca visto un pony, es seguramente uno de los animales más patéticos de la creación: no es ni caballo ni burro, sino un compromiso entre los dos, una criatura inútil que hoy en día solo sirve para que los papás divorciados recuperen el aprecio y el amor de sus hijas pijas. Y a pesar de ello, los ponies mágicos derrotan a Tirek mediante una coreografía moña y el poder del arco iris, que por alguna razón es más poderoso que hordas de dragones esclavos. Deberíamos haber probado de darle a Saddam con un arco iris en toda la cara, antes de mandar a la infantería y la flota, hoy en día Iraq sería un lugar más bonito.

Cual es la moraleja de todo esto? Pues, mientras que a los niños les enseñan que para vencer se necesita una espada muy grande, a las niñas se les enseña a creer en el poder de la luz salvadora, el arco iris y las granadas de azúcar con detonador de cereza confitada. Por un lado creamos pequeños falócratas y, por el otro, princesitas inútiles y pasivas. Y la culpa es de Mattel y Bandai, y de los padres, por no amenazar a sus hijos con renegar de ellos si no cambian de canal.

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