Archivo mensual: febrero 2011

El Modernillo

El Modernillo, también conocido como gafapasta, bohemio o, simplemente, imbécil con dinero es ese personaje con sombrero, barba de tres días, pañuelo andrajoso (pero de diseño) al cuello y peinado al estilo “me-acabo-de-levantar-de-la-cama”, que va por la vida sintiendo asco por la sociedad de consumo y el capitalismo. En el fondo, ignora que, con apenas 25 años, dicha sociedad se lo ha dado todo y más, porque su papá trabaja en las finanzas y su mamá dirige una escuela de negocios privada en Paseo de Gracia. Es el xenotipo de politólogo más numeroso, porque “estudio políticas y tal…” siempre queda más moderno y guay que “estudio mecánica de fluidos, ¿has visto mi inhalador?”.

El modernillo es siempre una persona joven, ya sea por edad, ya sea porque sufre de un caso más o menos grave de síndrome de Peter Pan. Esos dos motivos no son excluyentes: de hecho, uno suele llevar al otro, por necesidad. Cuando tu vida revuelve entorno a la “industria del ocio” (es un trabajo), tienes que aparentar juventud. Si te descuidas, alguien podría descubrir que eres una persona adulta de 45 años y que no vales para enseñar surf a los chavales, o acostarte con las chavalas. Aparentemente, acostarte con tu monitor “mola”, pero acostarte con tu padre, o alguien que podría serlo, es “cutre” y, según nos informan nuestros consejeros en moral pública, “polémico”. Ser joven es pues esencial si el modernillo no quiere acabar engrosando las colas del INEM cuando en la entrevista de trabajo le pidan experiencia laboral. Y no, el surf y la promoción de fiestas estudiantiles no cuentan como experiencia laboral. A menos que tu futuro jefe sea un adolescente de 16 años, algo que no suele pasar, a menos que tu futuro jefe sea un personaje de manga.

Además de joven, el modernillo es un personaje etéreo e intelectualoïde. Es muy importante para él ser percibido como una especie de ser que ha trascendido la materia, seguramente en un intento de burlar el paso del tiempo y la vejez. Dice que lee a Dostoïevsky y Joyce por placer y en versión original (algo científicamente imposible), escucha a Paco Ibáñez por la calidad de su música y por su ritmo (a pesar de que toda su discrografía quepa en dos o tres acordes de guitarra) y, en ARCO, se extasia ante una barra de metal oxidado y torcido, con pintura roja para simular sangre, puesto a la vertical sobre una peana, con una inscripción que reza “‘Consumerism’, por Terence KM, precio de compra: 30.000 euros”. Parece sobrevolar la vida montado en un manto de ligereza, flotando en el vacío, extraño a la fuerza de la gravedad social, pero atraído por ella en su momento final, asteroïde de despropósitos destinado a estrellarse contra algún cuerpo celeste (preferiblemente, una estrella ardiente). Ese desapego a la sociedad, a la que tanto critica por su superficialidad y sus exigencias, es el origen de esa magia, de sus ganas de “vivir”, de ese aura radiante que tanto nos motiva a la hora de partirles la cara. Oh, sí.

 

Dice ser: demasiado guay y moderno para ser tu amigo

Desea secretamente: hallar la fuente de la eterna juventud (y, presumiblemente, bebérsela con vodka y redbull en un cóctel llamado “Kafka Sunrise”)

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¿Quién es Muamar el Gadafi?

La de Gadafi es una historia de auto-superación, en la salud y en la enfermedad, sobretodo en la enfermedad (y la muerte por bomba). El joven Muamar nació en una familia de beduinos, que, según nuestro experto, significa “gitanos” en árabe. Lógicamente, sus únicas posesiones consistían en dos camellos, una jaima, un par de teteras e ingentes cantidades de arena, que, debemos suponer, constituían su fuente primaria de alimentación.

Como era de esperar, a Muamar no acababa de agradarle aquella situación, así que hizo lo que haría cualquier futuro dictador africano devora niños: se unió al ejército y planeó un golpe de Estado para vivir de los impuestos y del dulce terror el resto de su vida, algo que, por otra parte, haríamos todos si nuestra infancia se redujera a construir castillos de arena y recoger heces de camello para venderlas como único medio de subsistencia.

A efectos de calificación profesional y de currículum, en la noble profesión de dictador sanguinario, es muy importante estar loco. Un científico chiflado respetuoso de los procedimientos médicos no es un científico chiflado, sino un dentista. Lo mismo ocurre con los dictadores sanguinarios: si no están en fase de locura terminal, sólo son políticos del PP. Por suerte, Gadafi está como una puta cabra, como un Gollum bajo los efectos del crack. Aunque nadie le ha visto hablarle a un pozo de petróleo, llamándolo “mi tessssoro”, en el Armario de César Borgia asumimos que así es. El Líder y Guía de la Gran Revolución del 1 de Septiembre de la Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista (su nombre oficial) tiene sentido teatral. O puede que sea un megalómano de inconmensurables proporciones, no lo sabemos, dejamos que el lector opine. Para más indicaciones, resulta que el hombre vive en una tienda, se desplaza con un séquito de 400 hombres armados y viste como King Africa. No sabemos quién copió a quién. Puede que su apoyo al terrorismo y al panafricanismo fuera inspirado por la canción “Bomba”, o puede que King Africa lleve años haciendo apología de un régimen autoritario sin que nadie se dé cuenta. Es un misterio, pero algo huele muy mal en todo esto.

Por si no fuera poco, Gadafi ha hecho posible aquello que todo adolescente de 14 años adicto a los juegos de rol creía ser sólo un bonito sueño: ha creado un cuerpo de guardaespaldas llamado “Guardia Amazona”, compuesto exlcusivamente por mujeres “vírgenes” seleccionadas por él mismo y entrenadas en artes marciales y combate en una base secreta. Si vuestro sueño húmedo es poseer la versión erótica de “Salvar al soldado Ryan” (no podemos imaginarnos el porqué, pero vosotros sabréis), pasaos por las fiestas privadas del Líder con una videocámara. Puede que os pillen y paséis el resto de vuestras a partir de entonces patéticamente cortas vivas suplicando que os maten, pero, desde nuestro humilde punto de vista, podría valer la pena.

Además de su guardia de guerreras, Gadafi siempre va acompañado de su enfermera, una ukraniana llamada Galyna Kolotnytska, un nombre que da miedo (pero todos los nombres rusos dan miedo, es un hecho científico). No hemos encontrado fotos de ella, por lo que no sabemos si se trata de una rubia explosiva con acento ruso embutida en un traje de cuero negro (y, muy posiblemente, un parche en el ojo y un lunar) o una matrona eslava con cara de pocos amigos y pasión por el gulash y masticar huesos. Pero, ante tantas pruebas esclarecedoras, hemos llegado a la conclusión de que Gadafi es el amo de SPECTRE y que lo único que impide que el mundo caiga en sus manos es Bond, James Bond. Por desgracia, Sean Connery se ha retirado y Daniel Craig está muy ocupado haciendo prequelas malas y cargándose la licencia, así que el mundo tendrá que esperar. Pero de repente no importa, porque puede que se lo carguen sus propios esclavos ciudadanos, por hartazgo generalizado ante tanta tontería. Desde aquí, todo nuestro cariño.  Hacedle un “Mussolini”.

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El Artista

El Artista tiene mucho que ver con el modernillo y el multicultural, sólo que no tiene dinero y se comporta como si se pudiera vivir de las creaciones artísticas. Es un estudiante de Bellas Artes que se equivocó de carrera y decidió que quería viajar antes de integrarse en la vida profesional. Aunque inicialmente estaba forrado, ahora está pelado, ya que cualquier padre responsable le habrá desheredado y borrado del libro de família en el momento en que tuvieron la siguiente conversación: “Papá, mamá, me voy de tournée por Europa y América Latina con mi troupe de comediantes burlescos” – “Espera, ¿cómo?” – “Nos dedicaremos a simular violaciones entre hermanos en los barrios bajos de las principales ciudades de los países que visitaremos, en un viaje en furgoneta con cinco chicas y tres chicos adictos a las drogas duras y al sexo sin protección. Quiero expresar lo que siento. Vuelvo en cinco años.”

Por supuesto, renuncia a su teléfono móvil, su ropa de persona normal, su botella de champú (osea, la aventura, ¿saes?) y su peine. Todas esas cosas ocuparían espacio en su maleta, espacio que necessita para meter sus bolas de malabarista, sus ocho pañuelos palestinos de colores chillones y su cerebro, ya que, aunque no lo use demasiado, siempre va bien tenerlo a mano, ya sabes, por si algún día el mundo real viene llamando a su puerta/pedazo de tela separador. Eso sí, se lleva el ordenador portátil extra-fino de Apple, porque necessita Facebook para que el mundo descubra su brillantez artística gracias a las fotos tomadas con el último grito en materia de cámaras digitales de Canon y retocadas con Photoshop 8.0. Que es cómo si Van Gogh usara seda importada en vez de lienzo para pintar sus obras. Sólo que Van Gogh era un maestro del posimpresionismo, mientras que el artista es un niñato que cree seriamente que por empapelar una farola con cartulinas rosas en signo de protesta le llamarán visionario.

El artista, también llamado “hipster barato” en ciertas culturas (la tuya y la mía, espero) es la versión moderna del hippie: se encuentran en lugares insólitos, como en el medio del desierto, para quemar cosas, bailar entorno a una hoguera, aullarle a la luna y esculpir figuras improbables con barro y purpurina. Por supuesto, son todos hijos de la burguesía acaudalada, ya que para tener preocupaciones artísticas hace falta tener dinero y la seguridad de que, al volver a casa, podrán lavarse, peinarse, vestirse de Ralph Lauren y encontrar un trabajo de verdad. Unos pocos pasan sus últimos días vendiendo collares y pulseras de conchas hechos a mano en alguna playa de Ibiza, refugiándose en una casa sin agua corriente ni electricidad, escenario dantesco de una severa degradación psico-emocional, traducida en lo que parece ser un caso grave de síndrome de Diógenes. A los ojos de nuestro artista, toda esa porquería es, sin embargo, su última obra, que busca expresar su angustia y su sensibilidad creativa violada por algun evento cósmico, como la caída de una hoja de árbol en posición perpendicular al sol. Pues eso, una mente maravillosa.

 

Dice ser: la mente más creativa del campus

Desea secretamente: caerse en la madriguera y seguir al conejo blanco hasta el País de las Maravillas (donde, por suerte, todo indica que será decapitado por la Reina de Corazones)

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Dime que dibujos animados viste de pequeño y te diré cual es tu relación con el poder

Cuando tenía 11 años de edad, mientras miraba lo que debía ser el episodio 500 y pico de Dragon Ball, Son Goku se transformó en mono gigante rosa, con pelo negro, ojos rojos y cola prensil. Y además iba vestido como un monje budista. Con un suspiro, mi pequeño yo se dijo para sus adentros “hasta aquí hemos llegado” y, acto seguido, apagó la tele.

Mi yo actual, el dotado de grandes cantidades de tiempo libre”, de las que no disponía en su pre-adolescencia (triste sin duda), debido a su “trabajo, ha decidido indagar sobre esta cuestión. Mi gesto despectivo hacia un monumento de los dibujos animados de nuestra infancia como es Dragon Ball fue debido al hartazgo. Cualquiera se habrá dado cuenta que los dibujos animados que más éxito tienen entre nuestra descarriada juventud son aquellos en que los personajes empiezan siendo una niñatos incompetentes para convertirse lentamente en niñatos más y más competentes (aunque nunca dejan de ser niñatos). Dichos dibujos animados siguen siempre el mismo esquema: el personaje principal se entrena, lucha, vence a sus enemigos, hasta que llega un enemigo demasiado poderoso, tras lo cual se entrena un poco más, adquiere más fuerza, y le vence. Y luego otro enemigo más poderoso aparece, el héroe se vuelve a entrenar y la cosa sigue hasta que el dibujante del manga muere de soledad, de viejo o de infarto mientras fornicaba con un robot/muñeca inchable vestida de colegiala en un love hotel de Tokio (generalmente ocurren las tres cosas a la vez). Llegados al final del recorrido, nuestros héroes han pasado de jovencitos con el cinturón amarillo de karate a dioses de la muerte con cola de gato, alas de mosca, capaces de escupir fuego por la boca mientras luchan al estilo Matrix, volando y comiendo arroz a la vez (eso sí, siguen siendo pervertidos con una inexplicable obsesión con las braguitas usadas).

 

En otro esquema, popularizado por los Power Rangers, los protagonistas son payasos de feria vestidos con colores primarios muy vistosos, cuya principal táctica consiste en dar volteretas y patadas al aire sobre las cabezas de sus “enemigos”, hasta que estos deciden autodestruirse para no contemplar como siglos de tradición en artes marciales son descuartizados sin piedad por cuatro yankees con nombres cutres (no tiene relación con el tema, pero es notable el hecho que, en los Powers Rangers originales, el afro-americano va vestido de negro, la asiática de amarillo y la niña pija de rosa. Ah, y el jefe Power Ranger va de blanco. Sin duda es mera coincidencia). Bueno, pues cuando han acabado de convencer a sus enemigos para que se quiten la vida, el malo malote envía a un monstruo. Momento en el que los Power Rangers salen volando por los aires debido al inconmensurable poder de su nuevo adversario, a pesar de que la armadura de este suele estar hecha de papier mâché. En ese instante desefundan sus armas, porque, obviamente, las patadas al aire y las volteretas ya no bastan. Unos pocos petardos más tarde, el monstruo decide que para ganar, tiene que multiplicar su tamaño por cincuenta. Y lo hace. Los Powers Rangers deciden entonces invocar un gran robot de combate con espada y pintas de samurai. El espectador se pierde en el razonamiento lógico, el robot se carga al monstruo, y los Power Rangers lo celebran con una pijama party multiracial. Y en menos de cinco minutos, sin darnos cuenta, hemos pasado de pataditas voladoras a robots gigantes con los cuales los Power Rangers podrían esclavizar la Tierra y sus habitantes, si no fuera porque son unos jodidos samaritanos. Si yo tuviera un robot gigante España no se rompería, eso os lo aseguro.

 

Los storyboards de los episodios del modelo Dragon Ball y del modelo Power Rangers son muy similares. Obedecen al mismo principio que toda buena carrera armamentística : la única forma de neutralizar los misiles del adversario es contruyendo misiles más potentes y de mayor alcance, lo único mejor que un cañón del calibre 150 es un cañón de calibre 200, y lo único capaz de vencer a un robot gigante es un robot gargantuesco. La idea que estos dibujos animados/series infantiles transmiten a los niños es que quien la tenga más grande siempre gana. Para que luego nos extrañemos de que nos salgan pequeños dictadores falócratas.

Ahora echemos un vistazo a los dibujos animados típicamente “para niñas”, como, por ejemplo, Mi Pequeño Pony o los Osos Amorosos. Ambos dibujos animados se basan en la misma idea : en un mundo mágico en el que todo es amor, un terrible mal se cierne sobre sus indefensas gentes. Tras horas de ardua investigación in Wikipedia, he aquí el resultado:

El malo de los Osos Amorosos se llama Sin Corazón. Y no en el sentido “soy un hombre de hojalata y no tengo corazón” sino más bien “no tengo corazón porque estoy compuesto a partes iguales de oscuridad y desesperación”. Sin Corazón está sin duda alguna en el Top 5 de los seres más malvados jamás mencionados, justo entre Sauron y la banda de Mecano: dejando de lado que vive en un castillo redeado de nubes negras, no tiene cara y se dedica a succionar las buenas intenciones y la felicidad de los niños (rollo pederasta incluido). Es una especie de dementor, pero a lo bestia. Además tiene el poder de cambiar de forma, por lo que ¡puede perfectamente convertirse en José Maria Aznar y escribir para FAES! Si amigos, es un ser verdaderamente terrible.

Y sin embargo siempre es derrotado. ¿Por quién? Pues por Osos Amorosos. No osos polares capaces de arrancarle la cabeza de un mordisco, no. Ositos. Ositos de colores. Ositos que no tienen otra habilidad que la de amarse y darse abrazos unos a otros, todo el día. Ositos que viven en las nubes. Sus principales actividades consisten en echar fiestas de cumpleaños sin alcohol y hornear pastelitos. Y nuestro terrible hechicero cambiaformas pierde ante ellos, porque, básicamente, cada vez que está a punto de finalizar algún diabólico plan, los Osos Amorosos le rocían con rayos luminosos de amor que salen de sus vientre peluditos, y eso le obliga a retirarse. ¡Hurra, otra victoria para el amor y la amistad!

Y ahora le toca a Mi Pequeño Pony. Nunca he visto los dibujos animados en la tele, pero conozco a mucha gente que tenia alguno de esos animales de colores corriendo por la casa, muñecos cuya única finalidad era ser peinados (hasta que, de tanto peinarlos, se les caía el pelo y mamá te compraba otro para secar tus lágrimas). Ponyland (así se llama su tierra) se halla bajo la constante amenaza de Tirek, el resultado de una mezcla de cabra, caballo y ser humano, un auténtico engendro satánico venido directamente del infierno de Dante, diseñado exclusivamente para provocarte horribles pesadillas. Tirek vive en el Castillo de Medianoche, desde el cual se dedica a capturar ponies, para transformarlos mediante el Poder de la Oscuridad y convertirlos en dragones esclavos oscuros para su Carruaje de la Oscuridad, alimentado mediante Energía Oscura que Oscurece todo lo que toca. Tirek es como Satanás atravesando un época emo/goth con dragones esclavos para servirle. Pero los ponies siempre acaban venciéndolo.

Por si no habéis nunca visto un pony, es seguramente uno de los animales más patéticos de la creación: no es ni caballo ni burro, sino un compromiso entre los dos, una criatura inútil que hoy en día solo sirve para que los papás divorciados recuperen el aprecio y el amor de sus hijas pijas. Y a pesar de ello, los ponies mágicos derrotan a Tirek mediante una coreografía moña y el poder del arco iris, que por alguna razón es más poderoso que hordas de dragones esclavos. Deberíamos haber probado de darle a Saddam con un arco iris en toda la cara, antes de mandar a la infantería y la flota, hoy en día Iraq sería un lugar más bonito.

Cual es la moraleja de todo esto? Pues, mientras que a los niños les enseñan que para vencer se necesita una espada muy grande, a las niñas se les enseña a creer en el poder de la luz salvadora, el arco iris y las granadas de azúcar con detonador de cereza confitada. Por un lado creamos pequeños falócratas y, por el otro, princesitas inútiles y pasivas. Y la culpa es de Mattel y Bandai, y de los padres, por no amenazar a sus hijos con renegar de ellos si no cambian de canal.

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