El Sistema Político en Harry Potter (1)


A estas alturas de la década, todos habremos oído hablar de un tal Harry Potter (o Enrique Alfarero en su versión castiza). Que si es un rebelde, que si mola su cicatriz en forma de rayito, que si todo le sale de chiripa, que si liga más bien poco, y otros temas de relleno para esas largas noches con ese grupo de amigos que se niegan a crecer. Por suerte, el tejido social de fans ha construido un complejo entramado de argumentos, razones y excusas para justificar la presencia de esos espesos tomos de letra grande entre el manual de derecho económico y algún gran clásico de la literatura universal. Gracias a esos acróbatas del razonamiento, somos muchos los que podemos prescindir del costoso armario de doble fondo, pues no tenemos nada que esconder. Es más, el único profesor de literatura al que he oído hablar en contra de Harry Potter lo hizo porque era un radical de las letras, un ermitaño de la palabra escrita, un ferviente proustiano y, en definitiva, un auténtico pirado.

Razones, he oído muchas. “¿Por qué leo Harry Potter? Pues hombre, porque me encanta el estilo en el que está escrito y porque en el fondo esconde una profunda crítica social de la Inglaterra victoriana” o “Su historia es increíble, lo tiene todo: intriga, amor, humor, drama…ya te digo, de todo. Bueno, no tiene sexo, pero no me importa, a mí me va el rollo Crepúsculo”. Aunque, sin duda, la mejor es la de los que alaban la riqueza del mundo y el modo en que la autora describe el complejo universo académico, social y político.

A ver, coherente, el universo lo es. Pero ese mundo de cuento de hadas encierra en sus más oscuras bóvedas auténticos horrores que deberían hacernos temblar de horror. Desde dolorosos ejemplos de segregación racial hasta cohortes de niños soldado, y eso sin hablar de un sistema judicial que calificaremos, eufemísticamente, de duro. Me diréis “Sí, vale, pero Gondor y Rohan tampoco son modelos de democracia parlamentaria”. Gilipolleces, por lo menos Tolkien tuvo la decencia de ambientar su mundo en una suerte de Edad Media fantástica en la que todo eso no resulta chocante. El mundo de Harry Potter es, en cambio, muy actual, así que le daremos un placer a la mente y al cuerpo interpretándolo a la luz del presente.

 

A Gandhi no le mola Hogwarts

Resulta práctico empezar por el tema que mejor conocemos todos, el sistema educativo del mundo de los magos. Hogwarts, sus clases de pociones, de defensa contra las artes oscuras y demás, sus Casas, sus partidos de Quidditch y sus locos eventos. Todo tan bonito que a tu abuela le parece “precioso”. Pero no os dejéis engañar por algo que, en el fondo, no es sino una oscura NAPOLA cuyo objetivo es formar niños soldado y separar a los válidos de los inválidos desde su tierna niñez a través de un brutal sistema de castas.

Cualquier hijo de vecino se habrá dado cuenta de que a lo largo de su formación los dulces niños con capas negras y sonrisas radiantes acaban convirtiéndose en mortíferos usuarios de la magia. Y es que todos siguen un riguroso entrenamiento a partir del momento en que ponen en un pie en el castillo, en un proceso que elimina o separa a los débiles y refuerza a los más dotados. Para empezar, a través del sistema de las Casas se urde la separación de los alumnos en función de su utilidad para la sociedad.

Slytherin da cabida a los más ambiciosos, los de clase privilegiada, los puros de sangre, los futuros políticos, hombres de negocios, las clases dirigentes. Gryffindor, en cambio, acoge a los más valientes e incorruptibles, que pasarán a engrosar las filas de los Aurores y de los cuerpos de seguridad. Son la clase que ejerce la violencia, que se legitima a través de las leyes, pero en el fondo, están sometidos a los que poseen el poder. Eso está representado por el hecho de que, por muchas veces que derrote a Draco Malfoy, Harry Potter sigue detestándolo y teniendo ganas de humillarle (en vez de sentir simplemente lástima), lo que demuestra que está completamente acomplejado por su condición de mero agente de los poderosos. Ravenclaw es el hogar de los más inteligentes, aquellos que harán funcionar la economía a través de las ideas. Por fin, Huflepuff reúne a los amables, los leales, los de buen corazón y, por norma general, a todos los que no sirven para nada excepto para servir a los demás y alimentar la cadena productiva con su fuerza de trabajo y su patética buena voluntad.

La Casa a la cual cada alumno es enviado en su primer año le marcará para siempre, pues, por las negras artes de un triste sombrero viejo, se ve sometido de por vida al más crudo determinismo. Un sistema de corte totalitario, pues la rivalidad entre las Casas, cuidadosamente entretenida a lo largo de los años, impide cualquier tipo movilidad social entre las castas de magos. ¿Y por qué? Pues porque lo dice un sombrero viejo. A mi me suena a excusa barata del tipo Ratoncito Pérez o los Reyes Magos, solo que en su versión negativa. Primera constatación sobre el tipo de régimen: según Hogwarts, es una sombrerocracia autoritaria.

El contenido de las clases es igualmente cuestionable. La clase de defensa contra las artes oscuras es, básicamente, un cursillo de formación anti-terrorista, puesto que Voldemort vendría a ser una especie de Osama Bin Laden con varita mágica (y su color es el verde, como el islam : hay un símil, no me he inventado nada). Además, es la materia más importante para los que deseen entrar en el cuerpo de policía. Para más inri, también se enseñan conjuros prohibidos o cuyos efectos, como por ejemplo el de borrar la memoria, atentan contra los derechos fundamentales, como el derecho a la identidad. Me diréis que no, que insisten en que son “sortilegios prohibidos” y que no deben usarse, y que, en teoría, no hay peligro alguno. Vamos a ver. Ejecutar un conjuro de esos está al alcance que cualquier niñato (el mismo Harry Potter lo consigue, y eso que es medio tonto), puesto que basta con conocer la fórmula y disponer de una varita y una pequeña dosis de mala leche. Es como meter un arma prohibida por  la convenciones internacionales, como un lanzallamas, en manos de un cani y decirle que no debe usarlo. Dicho coloquialmente, es una gilipollez. En cuanto a las pociones, los profesores imparten conocimientos sobre cómo preparar elaboraciones alucinógenas y potencialmente letales. Por último, cabe resaltar que los alumnos más aptos son incitados a llevar a cabo actos de inmenso peligro, como por ahora medirse en duelo contra un dragón (WTF?!) o darse ostias por los aires mientras juegan a una especie de fútbol a cincuenta metros del suelo montados en escobas mágicas (por si no lo habéis probado nunca, son bastante inestables, y eso que la mía no volaba).

La finalidad del sistema educativo del mundo de Harry Potter es muy clara: organizar la sociedad según esquemas deterministas contarios a cualquier forma de libre-albedrío, a través de los cuales se podrán seleccionar los más aptos para las tareas más relevantes y descartar a los menos útiles, confinándoles en una vida de servidumbre agradecida. Hogwarts es una institución verdaderamente temible, el laboratorio social de una mente enferma y liberticida. A partir de aquí, cabe imaginar que el resto del mundo de los magos es, por lo menos, monumentalmente chungo.

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