El Apolítico

Hay gente con contradicciones. Luego hay contradicciones con apariencia humana, como por ejemplo el estudiante de políticas apolítico, objeto de una violenta e inconsciente cisma interna. Desgarrador como pocos, el susodicho personaje suele decir que no cree en la política, que los líderes electos son todos unos chorizos, y que Jiménez Losantos es una fuente de información fiable y seria.

El apolítico es un descontento por naturaleza, una de esas entrañables personas que nos provocan, a la mayoría, unas fuertes ganas de cerrar cristianamente nuestras manos alrededor de sus cenizos cuellos en un intento de salvar sus almas y librarlas del terrenal tormento. Que es una forma bonita de decir que sentimos la necesidad antropológica de purgar el cuerpo social de elementos poco participativos cuya aportación global es cero patatero. Sí, ha quedado muy nazi, pero alguien tenía que decirlo y, de todas formas, os recuerdo que nuestro Ello no entiende de democracias ni Estados de derecho. Lo que no logramos entender nos produce miedo y el miedo despierta en nosotros una serie de pulsiones destructivas como mecanismo de autodefensa. Y lo cierto es que al apolítico que estudia políticas no le entiende nadie, ni siquiera Rosa Díez, que tan bien entiende a los españoles. Pero como somos así de simpáticos, le haremos un favor y le psicoanalizaremos.

La lógica del apolítico es similar a la del estudiante de empresariales que cree que la mejor forma de crear riqueza es colectivizando la economía. No vamos a negar que, matemáticamente, si matas de hambre a 15 millones de personas, el PIB/habitante aumenta (eso niños, se llama “teoría malthusiana”), pero como sistema de prosperidad resulta un poco bestia (eufemismo). El apolítico parte de un razonamiento similar, es decir, que la mejor forma de hacer buenas políticas es instaurando un régimen sin papanatas, con ciudadanos de bien y gente honrada y preparada, para llevar al país por una senda virtuosa que sirva al interés general. Y a eso, en el Armario de César Borgia, nos hace recordar con cariño tiempos mejores en los que la gente no iba a votar. Véis como el apolítico merece todo vuestro amor?

Dice ser: un ciudadano responsable e indignado

Desea secretamente: poder salir del armario y decirle a la gente que admira a Sarah Palin, que votaría al gran inconfesable y que César Vidal y Pío Moa son historiadores serios.

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