El Populista


Sin duda uno de mis preferidos. El populista está por todas partes. Asiste a todos los cócteles de la universidad, va a todas las fiestas de los alumnos, está presente en todas las conferencias y, además, conoce a tu madre, quién suele decir de él que “es un chico/a muy formal”. Además, es amigo personal de todos los profesores de tu campus y en ocasiones juega con ellos al golf, mientras comentan juntos importantísimos asuntos de política internacional, con alguna que otra sesión de clamorosa adulación – “vaya professor xxx, es un punto de vista que no me había planteado, tenga por seguro que lo incluiré en el próximo trabajo para su asignatura…y por cierto, excelente swing”.

El populista adora los baños de masas. Se le reconoce fácilmente por ese detalle. Cuando entra en una sala de clase, parece un maldito presidente centro-americano. Irá inmediatamente a los afortunados sentados en primera fila para darles la mano, una palmada en la espalda, dedicarles una sonrisa y preguntarles como están (la sonrisa y el tono simpático vienen de serie). Luego saludará a los de las filas posteriores en plan infanta de las Españas, para luego sentarse en el medio del anfiteatro, pues le gusta sentirse cercano a todos. El populista no entiende de clases, de dinero, ni ideologías. Sencillamente es colega con todo el mundo. Te prestará sus apuntes de economía, será tu compañero de borrachera y hasta se ofrecerá para enjabonarte el cuerpo mientras te bañas. El populista te ayudará siempre que se lo pidas, con una gran sonrisa en la cara, aunque probablemente no sepa como demonios te llamas.

Porque si algo define al populista, es su incapacidad para acordarse de los nombres. Razón por la cual llama a todo el mundo “amigo”, “compañero” y, de forma menos habitual, “ciudadano”. Puede que toda su personalidad venga definida por esa incapacidad de hacer memoria y la necesidad moderna de quedar bien. Llegados a este punto, podríamos parafrasear a Shakespeare cuando dijo que la vida es una teatro en el que debemos contentar al público, dejando al populista como personaje trágico con toques existencialistas. Pero entonces acabaríamos compadeciéndonos de él/ella y todo este proceso de satirización no tendría ningún sentido. No, el populista es generalmente un capullo y el máximo exponente del arte de las apariencias. Por eso muchos no saben si odiarlo o amarlo. En el Armario de César Borgia le odiamos, porque resulta más fácil parodiar a la gente que te provoca sarpullidos y sinceras ganas de prenderle fuego.

Dice ser: tu amigo

Desea secretamente: ser el próximo Hugo Chávez, pero en guapo

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